La Paz de Dios refulge en mí ahora.
1. ¿Por qué esperar al Cielo?
2Los que buscan la luz simplemente se están tapando los ojos.
3La luz ya está en ellos ahora.
4La iluminación solo es un reconocimiento, no es un cambio en absoluto.I
5La luz no pertenece a este mundo.
6Y tú, que llevas la luz en ti, también eres un extraño aquí.
7La luz vino contigo desde tu hogar natal, y ha permanecido contigo porque es tuya.
8Es lo único que trajiste contigo de Aquel que es tu Fuente.
9Refulge en ti porque ilumina tu hogar y te conduce de regreso al lugar de donde vino, que es donde te corresponde estar.
2. No puedes perder esta luz.
2¿Por qué esperar encontrarla en el futuro, o creer que se ha perdido o que nunca ha existido?
3Contemplarla es tan fácil, que los argumentos que pretenden demostrar que no está ahí resultan ridículos.
4¿Quién puede negar que existe lo que contempla en sí mismo?
5No es difícil mirar en el interior, pues ahí es donde nace toda visión.
6Lo que se ve, ya sea en sueños o procedente de una fuente más verdadera, no es más que una sombra de lo que se ve por medio de la visión interior.
7Ahí comienza la percepción, y ahí termina.
8No tiene otra fuente que esta.
3. La Paz de Dios refulge en ti ahora, y desde tu corazón se extiende a todo el mundo.
2Se posa sobre cada ser vivo y le deja una bendición que permanece con él para siempre.
3Lo que da es eterno.
4Elimina todo pensamiento de lo efímero y carente de valor.
5Renueva todos los corazones fatigados e ilumina todo lo que ve a su paso.
6Todos Sus Dones son para todo el mundo, y todo el mundo se une para darte las gracias a ti, que has recibido y que das.
4. El resplandor de tu mente le recuerda al mundo aquello que ha olvidado, y el mundo a su vez te restituye la memoria.
2La salvación irradia desde ti en forma de dones inconmensurables.
3Son los dones que tú das y que regresan a ti.
4A ti, dador del don, Dios Mismo te da las gracias.
5Y en Su bendición, la luz que hay aumenta su fulgor, sumándose a los dones que tienes para ofrecer al mundo.
5. La Paz de Dios no se puede contener.
2El que la reconoce en sí mismo no puede sino darla.
3Los medios para ofrecerla se encuentran al alcance de su comprensión.
4Y perdona, porque ha reconocido la verdad en él.
5La Paz de Dios refulge ahora en ti, y en todas las cosas vivas.
6Esa Paz se reconoce universalmente en la quietud; pues lo que tu visión interna contempla es tu nueva visión del universo.
6. Siéntate en silencio y cierra los ojos.
2La luz de tu interior es suficiente.
3Solo ella puede concederte el don de la visión.
4Excluye de tu mente el mundo exterior y deja que tus pensamientos vuelen hacia la paz que se encuentra en tu interior.
5Ellos conocen bien el camino.
6Pues los pensamientos honestos, no mancillados por los sueños del mundo, se convierten en los santos mensajeros de Dios Mismo.
7Estos son los pensamientos que piensas con Él.II
8Ellos reconocen su hogar.
9Y apuntan con certeza hacia su Fuente, donde Dios Padre y Su Hijo son Uno.
7. La Paz de Dios refulge en ellos, y no pueden sino permanecer contigo, pues han nacido en tu mente, tal como tu mente nació en la de Dios.
2Esos pensamientos te llevan de vuelta a la paz de la que vinieron, para recordarte que debes regresar.
3Ellos acatan la Voz de tu Padre cuando tú te niegas a escuchar.
4Y te instan dulcemente a que aceptes Su Palabra acerca de lo que tú eres, en lugar de sombras y fantasías.
5Te recuerdan que eres el cocreador de todas las cosas que viven.
6Pues como la Paz de Dios refulge en ti, también refulge en ellas.
8. El objetivo de nuestra práctica de hoy es acercarnos a la luz que hay en nosotros.
2Ponemos orden en nuestros pensamientos errantes y, suavemente, los alineamos con todos los pensamientos que compartimos con Dios.
3No permitiremos que se extravíen.
4Dejaremos que la luz que se encuentra en nuestras mentes los guíe de regreso al hogar.
5Antes los traicionamos cuando les ordenamos alejarse de nosotros.III
6Pero ahora les pedimos que regresen y los purificamos de deseos desordenados y extraños.
7Y así les devolvemos la santidad que es su herencia.
9. Así restauramos nuestra mente junto con ellos, y reconocemos que la Paz de Dios sigue refulgiendo en nosotros.
2Y desde nosotros se extiende a todas las cosas vivas que comparten nuestra vida.
3Lo perdonamos todo, absolviendo al mundo entero de lo que pensábamos que nos había hecho.
4Pues nosotros mismos hemos hecho el mundo tal como queremos que sea.
5Ahora elegimos que sea inocente, libre de pecado y receptivo a la salvación.
6Y depositamos en él nuestra bendición salvadora, diciendo:
7La Paz de Dios refulge en mí ahora.
8Que todas las cosas refuljan sobre mí en esa paz,
9Y que yo las bendiga con la luz que hay en mí.
I Esta lección es una meditación, pero no como las que imaginamos. No se trata de hacer silencio para alcanzar algo que no tienes, sino de quedarte quieto para reconocer lo que ya está. Jesús lo dice sin rodeos: “los que buscan la luz tan solo están tapándose los ojos”. No hay que encontrar la luz, hay que dejar de esconderla. Y eso requiere una disposición que no es técnica ni mística, sino profundamente honesta: querer ver.
La práctica propuesta aquí es simple pero radical: retira tu atención del mundo externo y permite que tus pensamientos regresen a su hogar. No luches contra ellos, no los manipules. Solo déjalos volver y reconócelos como lo que son: mensajeros del recuerdo de Dios. Esta luz no es una sensación, es una certeza silenciosa. No brilla en la frente ni genera fuegos artificiales: se experimenta como una estabilidad interna, como la conciencia tranquila de que estás en casa.
Puedes pasar años sin ver la luz, y aun así, la luz no se ha ido. Puedes perder la dirección, la motivación y el sentido, y sin embargo, no has perdido lo esencial. Lo que salva no es la constancia de tu visión, sino la permanencia de la luz. Esa luz no depende de ti: tú dependes de ella. Y ella sigue ahí.
No se trata de que medites y te ilumines en diez minutos. Se trata de persistir, de confiar, de ser profesional en tu camino espiritual. De no confundir oscuridad con fracaso, ni demora con ausencia. La luz no se ha movido. Si te sientas con voluntad sincera y sin expectativas mágicas, empezarás a notarla. No como un evento, sino como una familiaridad. Y esa familiaridad es el principio del recuerdo. Hoy no te piden que llegues, solo que te acuerdes de que el camino está dentro.
Iluminarse es la experiencia de recordar Quién eres. Es sentir el Amor de Dios en tu interior y darte cuenta de que eso, y solo eso, eres tú. ¿Cómo podrías querer ser otra cosa?
Iluminarse es ver la luz en ti mismo y reconocer que tu voluntad es la Voluntad de Dios. Tuya es la Paz y la Dicha. ¡El mundo no existe!
El sueño está ya a punto de concluir y el mundo ha dejado de ser un obstáculo para ti. Todavía lo ves ahí fuera, pero ya no te sirve para otra cosa que para bendecirlo. No buscas nada en él, porque ya lo tienes todo. Lo has recuperado al recordarlo.
Ya no anhelas siquiera sueños felices. ¿Para qué? ¡Ya eres feliz!
Ver la luz en ti e iluminarte no es difícil; es inevitable. Es imposible contener tu realidad por más tiempo, pues el tiempo ha concluido.
No eres consciente del enorme esfuerzo que haces para resistirte a esta experiencia. Ser humano es tan impropio de ti, tan ajeno a tu naturaleza, que llega a doler profundamente. Por eso, ser lo que eres no implica otra cosa que dejar de ser lo que no eres. Pero ¿es eso posible? ¿Cómo puedes ser lo que no eres, salvo en sueños?
Deja de soñar. Deja de temer. Deja de odiar.
Tal vez hayas percibido que este Curso es profundamente negativo y, al mismo tiempo, absolutamente positivo. ¿Cómo no habría de ser así, si se trata de un Curso que niega la ilusión y afirma tu identidad en Dios?
Este Curso te exhorta una y otra vez a escuchar: a escuchar al Espíritu Santo, a Jesús, a tu Ser. Todos Ellos son lo mismo; todos ellos eres tú.
Para iluminarte no necesitas hacer otra cosa que seguir tu vocación genuina; basta con que seas fiel a ti mismo. Escucha a tu corazón y sigue sus indicaciones. No dejes que la mente interfiera en tu camino con sus «razones»; son todas falsas. Cierra los ojos para poder ver.
No necesitas el mundo y, ciertamente, no necesitas el miedo. Haz a un lado todo aquello que no te sirve, pues lo que ahora piensas que necesitas es, precisamente, lo que te sobra. No necesitas el cuerpo, ni el tuyo ni el de ningún hermano. Vuestros cuerpos entorpecen la visión.
No tengas miedo. No permitas que lo familiar te impida reconocer a tu verdadera familia divina. Tú eres de Dios, como también lo son tus hermanos, pero el mundo y vuestros cuerpos no lo son; eso es el sueño. Respira con calma y permanece en paz. No tienes que hacer nada. Confía en Dios, confía en Jesús, pero, sobre todo, confía en tu verdadero Ser.
II Estos Pensamientos son tus propias Creaciones: las Creaciones del Hijo de Dios. Son tus Hijos, y ahora vienen en tu auxilio.
III «… les ordenamos que se alejaran de nosotros» para contemplarlos en un espacio imaginario exterior, revestidos de ilusiones concretas: como cuerpos, cosas y circunstancias.
