El miedo jamás está justificado.
1. El miedo es un engaño.I
2Da testimonio de que te has visto a ti mismo como lo que nunca podrías ser, y de que, por tanto, contemplas un mundo imposible.
3Ni una sola cosa de ese mundo es cierta.
4No importa la forma en que aparezca.
5No es más que el testimonio de tus propias ilusiones acerca de ti mismo.
6No nos dejemos engañar hoy.
7Somos el Hijo de Dios.
8No hay miedo en nosotros, pues cada uno de nosotros es una parte del Amor Mismo.
2. ¡Qué absurdos son nuestros miedos!
2¿¡Cómo vas a permitir que Tu Hijo sufra!?
3Danos hoy la fe que necesitamos para reconocer a Tu Hijo y liberarlo.
4Perdonémosle en Tu Nombre,
para que podamos comprender su santidad
y sentir por él el mismo amor que Tú.
I Soy un gran maestro en engañarme a mí mismo. Puedo inventar cualquier tontería y creérmela sin reservas. Practico este arte con constancia, contándome historias falsas y defendiéndolas como si fueran verdades. Mi poder de convicción es tal que incluso puedo contagiar a mis hermanos con mi última invención, dejando tras de mí un rastro de tristeza y desesperanza. ¡Cuán triste es este “arte”! ¡Cuánto me hace sufrir y cuánto dolor causa! Algún día tendré que detenerme y preguntarme con honestidad para qué lo hago.
El miedo es precisamente eso: el resultado de haberme contado una historia temible sobre algo que no está ahí ni es cierto. En esto se parece a la fe, pues ambos —miedo y fe— son creencias que se proyectan sobre lo invisible. Tanto la fe como el miedo consisten en dar realidad, para mí mismo, a algo que no percibo con los sentidos. La diferencia está en el contenido de la historia y en la resonancia emocional que despierta.
Cada estado emocional de la mente personal es la consecuencia directa de la historia que me cuento. Si quiero una resonancia emocional negativa, basta con inventar un relato que despierte miedo, ira o culpa. Si quiero una resonancia positiva, puedo contarme una historia que inspire confianza, amor o gratitud. En ambos casos, siguen siendo solo historias.
La pregunta, entonces, es simple: ¿qué tipo de resonancia emocional quiero tener? Hoy puedo elegir conscientemente contarme una historia que refleje la verdad: que soy el Hijo de Dios, que no hay miedo en mí porque soy parte del Amor Mismo. Y así, al sustituir el miedo por la fe en el Amor, recordaré que no hay justificación para temer y que mi única función es perdonar y amar.
El miedo jamás está justificado.
Soy el Hijo de Dios, formo parte del Amor que nada puede amenazar.
