Si no perdono seguiré estando ciego.
1. El pecado es el símbolo del ataque.
2Dondequiera que lo contemple, me hará sufrir.
3Pues el perdón es el único medio por el que me llega la visión de Cristo.I
4Cuando acepto lo que Su visión me muestra como la simple verdad, sano por completo.
5Ven, hermano, y déjame contemplarte.
6Tu hermosura es el reflejo de la mía.
7Tu impecabilidad es la mía propia.
8Tú te encuentras perdonado, y yo contigo.
2. Así es como quiero contemplar hoy a todo el mundo.
2Mis hermanos son Tus Hijos.
3Tu Paternidad los creó,
y me los dio a todos como parte de Ti,
y de mi propio Ser.
4Hoy te honro a Ti a través de ellos,
y así espero en este día reconocer mi Ser.
I Perdonar no es más que dejar de contarme historias sobre mi hermano y sobre mí mismo. Esas historias —agradables o desagradables— siempre están teñidas por el pasado y por las emociones que despiertan en mí: satisfacción, miedo o enfado. Me atraen porque me resultan emocionantes, y esa excitación me hace sentir “vivo” en un mundo que creo real. Sin embargo, esa voz que narra y adorna la historia no es otra que la mía propia, y mientras la escuche, no podré oír la Voz del Espíritu Santo ni ver con la visión de Cristo.
La culpa actúa como un filtro que distorsiona lo que veo. Si defino a alguien por un error pasado, dejo de verlo tal como es ahora. Mantener esa definición equivale a vivir congelado en el pasado y a impedirme percibir la verdad del presente. Esto no solo me separa de mi hermano, sino que también me mantiene ciego a la realidad.
Perdonar es soltar esas definiciones y prejuicios para mirar de nuevo, sin el peso del pasado, concediendo a mi hermano la oportunidad de mostrar lo que verdaderamente es. Este acto, aunque parezca pequeño, abre mi visión y me devuelve la capacidad de percibir la inocencia compartida.
Si no perdono seguiré estando ciego.
Cuando miro con los ojos en Cristo, veo a mis hermanos inocentes.
