Lo que sufre no forma parte de mí.
1. He renegado de la verdad.
2Ahora quiero ser igual de fiel al repudiar la falsedad.
3Lo que sufre no forma parte de mí.
4Lo que se aflige no soy yo.
5Lo que experimenta dolor no es más que una ilusión en mi mente.
6Lo que muere en realidad nunca vivió, y solo se burlaba de la verdad de lo que soy.
7Ahora reniego de estas ideas sobre mí mismo, que no son otra cosa que engaños y mentiras acerca del santo Hijo de Dios.I
8Ahora estoy dispuesto a aceptarme de nuevo tal como Dios lo creó, y tal como soy.
2. Padre, mi antiguo amor por Ti ha regresado,
y me permite volver a amar a Tu Hijo también.
2Padre,
soy tal como Tú me creaste.
3Ahora recuerdo Tu Amor,
así como el mío propio.
4Ahora comprendo que ambos son uno.
I Puede que, de entrada, creas que esta Lección se refiere solo al sufrimiento evidente: la tristeza, el dolor o la aflicción. Sin embargo, Jesús extiende su alcance mucho más allá, señalando que toda emoción humana —incluida la alegría— pertenece al mismo ámbito ilusorio: el del personaje con el que te has identificado. El que sufre y el que se alegra por causas externas son, en realidad, la misma proyección: una idea que tienes de ti mismo, el ego como efecto.
Mientras estés identificado con ese personaje, vivirás en la bipolaridad: altibajos, entusiasmos y decepciones, euforia cuando las expectativas se cumplen y abatimiento cuando no lo hacen. Incluso aquello que consideras “bueno” o “importante” para ti —personas, proyectos, creencias, incluso este Curso— te hará sufrir, porque todo lo que consideras importante está sujeto a cambio, pérdida o amenaza.
Aquí es donde el Curso rompe de raíz con el paradigma dualista del mundo, que separa al sujeto de “lo otro” y da por sentado que existen realidades externas que pueden afectarte. La enseñanza no-dualista afirma que no hay nada fuera de tu mente, que todo lo que experimentas procede de tus propias interpretaciones y que no hay justificación externa para ellas. Desde esta perspectiva, el sufrimiento, la aflicción, el dolor o la muerte son ideas que tú mismo has concebido y sostenido.
La raíz del sufrimiento no está en las cosas mismas, sino en tu sentido de importancia personal. Mientras tú —la idea que tienes de ti— sea importante para ti, inevitablemente proyectarás ese valor sobre algo y quedarás a su merced. El único camino hacia la verdadera paz es soltar ese sentido de importancia, perdonar todo aquello que crees importante y dejar de generar nuevas ataduras. Cuando dejas de ser importante para ti mismo, nada más puede serlo, y en ese estado no hay posibilidad de sufrimiento.
Esto revela algo más profundo: el amor no es una emoción. Las emociones son siempre efectos, generados cuando dos conceptos que consideras importantes chocan o se relacionan en tu mente. El amor, en cambio, es causal: es un aspecto de tu propio Ser, inseparable de tu existencia. Por eso no puede definirse ni expresarse con palabras, igual que no puedes encerrar en un concepto lo que es Dios, la voluntad o el conocimiento. Lo único que puedes hacer es descubrir lo que el amor no es, y dejar espacio para que, con el tiempo, surja en ti su significado real.
Aceptar que “lo que sufre no forma parte de mí” implica ir más allá de renunciar a la tristeza o al dolor: significa también desidentificarte de toda noción de ti mismo como un personaje que experimenta altibajos emocionales. En ese desapego total emerge una alegría que no depende de nada, un júbilo constante que no es humano, porque no nace de cumplir expectativas ni de poseer algo. Es la condición natural de la mente recta, en la que no queda ningún personaje que sueñe.
Lo que sufre no forma parte de mí.
Soy tal como Dios me creó: íntegro, amado y eterno.
