La santidad eterna mora en mí.
1. Mi santidad está mucho más allá de mi capacidad de comprenderla o saber qué es.I
2Sin embargo, mi Padre, Dios, Quien la creó, reconoce que mi santidad es la Suya.
3Nuestra Voluntad conjunta sí la comprende.
4Y Nuestra Voluntad conjunta sabe que así es.
2. Padre, mi santidad no proviene de mí.
2No es mía para que el pecado la destruya.
3No es mía para que pueda ser atacada.
4Las ilusiones pueden ocultarla,
mas no pueden extinguir su fulgor ni atenuar su luz.
5Mi santidad se alza por siempre perfecta e intacta.
6En ella todas las cosas sanan,
pues siguen siendo tal como Tú las creaste.
7Y yo puedo conocer mi santidad.
8Pues, al haber sido creado por la Santidad Misma,
puedo conocer mi Fuente,
porque Tu Voluntad es que se Te conozca.
I Estás inmerso en un sueño de materia y no comprendes lo abstracto. De hecho, solo lo entiendes en términos negativos, y así lo abstracto para ti es meramente lo que no tiene sustancia. Todo lo interpretas en términos ilusorios, y eso te lleva a pensar que lo que no es es, y que lo que es no es más que una vaga incógnita.
Es imposible que comprendas la santidad porque no es que tú seas santo: tú eres la Santidad Misma. Y la Santidad no contempla nada, ni tiene conciencia, ni tiene ante sí nada para contemplar, pues lo es todo. Eso es lo que significa ser eterno e infinito. La Existencia simplemente es, y es absoluta, plena, una y magnífica. Pero eso, aquí, es incomprensible.
Dios, tu Padre y tú no sois una dualidad; sois Uno. Y Vuestra Existencia no es absorta ni reflexiva; es asertiva y creativa, y es la Creación misma. Esa es la Realidad, porque esa es Vuestra Voluntad conjunta.
Puedes conocer tu santidad, pero recuerda: conocer y ser es lo mismo, y eso significa que cuando conozcas tu santidad, la serás, y no quedará allí un ego para atribuirse esa condición. Ahora, cuando dices que comprendes algo, lo que en realidad afirmas es que la historia que te cuentas acerca de eso es cierta, aunque no sea más que otra de tus creencias. Si en verdad conocieras esa cosa, la serías, y sabrías que esa cosa eres tú. ¿Qué iba a ser si no?
Entrena tu mente para creer en lo cierto y lo feliz, sin esperar comprenderlo con tu pequeño yo. La Verdad inevitablemente te alcanzará, porque esa es tu voluntad, y entonces comenzarás a tomar conciencia de tu santidad, y tu conciencia se expandirá de tal modo que desaparecerá en la Verdad, desaparecerá en ti.
Para acercarte a la experiencia de tu santidad, practica de manera sencilla: siéntate en silencio, aquieta tu mente y evoca una imagen o un recuerdo que para ti represente la santidad. Puede ser una escena de ternura, un acto de compasión, la figura de alguien que consideres santo, o incluso un gesto pequeño de bondad que hayas presenciado. Permite que tu mente lo contemple unos instantes y deja que despierte en ti un sentimiento de pureza y grandeza.
Después, suelta la historia. Quita los rostros, los nombres y las formas, y conserva solo la sensación misma de santidad, desnuda, sin símbolos. Permanece en esa sensación todo lo que puedas, aunque solo sea un minuto. Con el tiempo, ese minuto se extenderá, y sentirás que tu mente se expande más allá de sí misma. La idea abstracta de la santidad actuará como un fuego sutil que diluye al ego y abre tu conciencia a la infinitud de tu Ser.
Haz de este ejercicio un hábito. Cada vez que evoques la santidad y te quedes en ella sin apoyarte en ninguna historia, estarás entrenando a tu mente para vivir sin necesidad de símbolos, y esa es la antesala del despertar.
Padre, que hoy recuerde que la Santidad eterna mora en mí, y que al evocarla en silencio me reconozco en Ti.
