No soy un cuerpo. Soy libre.
Pues sigo siendo tal como Dios me creó.
1. L-183 «Invoco el Nombre de Dios y el mío propio».
2El Nombre de Dios es mi liberación de todo pensamiento de maldad y de pecado, porque es tanto suyo como mío.I
3No soy un cuerpo.
4Soy libre.
5Pues sigo siendo tal como Dios me creó.
I Invocar el Nombre de Dios no es un gesto devocional dirigido a una entidad distante o desconocida. Es un acto de reconocimiento interior. Es volver a pronunciar, aunque sea en silencio, la verdad de lo que somos. Si la palabra “Dios” te suena lejana, abstracta o incluso incómoda, no importa. Basta con que llames a lo más verdadero en ti: a esa parte de tu mente que no juzga, no teme y no necesita defenderse. Ese es tu Ser. Y tu Ser no está separado de Dios.
La confusión acerca de Dios suele surgir cuando lo imaginamos como algo ajeno. Pero Dios no es un concepto: es la Fuente de lo que tú eres. Así que si no puedes amar a Dios —porque el concepto aún te bloquea— empieza por reconciliarte contigo mismo. Aprende a mirar dentro sin miedo. Aprende a decirte: “Esto soy, tal como Dios me creó.”
Invocar el Nombre de Dios es, en realidad, invocar tu verdadero nombre. No el que heredaste del mundo, sino el que permanece intacto en la Mente que te dio el ser. En esa invocación se unifican lo humano y lo divino, lo personal y lo eterno. No hay separación. Y el camino hacia Dios comienza donde siempre ha estado: en ti.
El Nombre de Dios es santo.
El Nombre de Dios está siempre en mi mente,
me acompaña y me recuerda Quién soy.
