Edición Gongarola | www.gongarola.com | ENG

LECCIÓN 225

Dios es mi Padre, y Su Hijo le ama.

1. Padre,

debo corresponder a Tu Amor por mí.I

2Pues dar y recibir es lo mismo,

y Tú me has dado todo Tu Amor.

3Debo devolvértelo,

pues quiero tener plena conciencia de que es mío,

de que resplandece en mi mente,

y la protege en su benévola luz,

la mantiene inmaculada, amada,

y libre de miedo para que disfrute únicamente de la paz.

4¡Qué sereno es el camino que conduce a Tu amoroso Hijo a Ti!

2. Hermano mío, ahora encontramos esa quietud.

2El camino está despejado.  

3Ahora lo seguimos juntos en paz.

4Me has tendido la mano, y yo nunca te abandonaré.II

5Somos uno, y es esta unicidad lo que buscamos al emprender los pocos pasos que nos quedan para concluir un viaje que nunca comenzó.


I Dios me creó extendiendo Su Amor, y por eso yo soy Su Amor.

Ser es amar, y como yo soy, amo.

Amar es mi función y mi existencia, y amar es ser feliz, por eso, cuando amo, soy feliz.

Yo solo soy cuando amo, y cuando no amo, no soy; tan solo creo ser.

La declaración de esta lección condensa en una línea el núcleo de toda ontología espiritual: ser es amar. El Amor no es una cualidad añadida al Ser, sino su misma esencia activa. Por eso, cuando se ama verdaderamente, no desde la carencia ni desde la posesividad, sino como expresión de la plenitud interior, se está en comunión con el Ser, se Es.

Esta verdad, aunque formulada en palabras, solo se reconoce plenamente en la experiencia: cuando uno ama sin reservas, aunque sea por un instante, se siente real, vivo, completo. La ausencia de amor, en cambio, es también ausencia de ser, aunque parezca vida: es solo actividad mental desconectada de la Fuente.

Esta lección no propone una obligación moral, sino una revelación metafísica: solo se vive de verdad cuando se ama.

II Jesús está siempre a mi lado, y me recuerda Quién soy yo, pues él lo ha recordado por mí.

Esta lección nos invita a tomar plena conciencia del Amor que ya hemos recibido. Jesús, que ya ha recorrido el camino, nos guía ahora desde nuestro nivel de percepción, ofreciéndonos una oración en la que reconocemos nuestra deuda de gratitud —no como carga, sino como deseo de responder desde el mismo Amor que hemos recibido.

La idea de que dar y recibir es lo mismo implica que solo podemos reconocer el Amor como nuestro en la medida en que lo compartimos. Así, el acto de amar se convierte en la vía para recordar lo que somos.

El camino, al final, es solo la aceptación de esa unicidad que nunca se perdió. En ese reconocimiento, desaparece todo vestigio de sacrificio: amar no es algo que “debamos” hacer como esfuerzo, sino algo que queremos hacer para poder experimentar la paz de ser Uno.

Dios es mi Padre, y yo le amo.

En Su Amor compartido hallo una paz que no tiene fin.