Que recuerde que el pecado no existe.
1. El pecado es el único pensamiento que hace que el objetivo de llegar a Dios parezca inalcanzable.I
2¿Qué otra cosa podría impedirnos ver lo evidente, y hacer que lo que en verdad es extraño y distorsionado parezca más claro que lo incuestionable?
3¿Qué otra cosa sino el pecado nos lleva a atacar?
4¿Qué otra cosa sino el pecado es la fuente de la culpa, que exige castigo y sufrimiento?
5¿Y qué otra cosa sino el pecado es la fuente del miedo, que oscurece la Creación de Dios y atribuye al amor las cualidades del miedo y del ataque?
2. Padre,
hoy no quiero estar loco.
2No quiero temer al amor,
ni quiero buscar refugio en su opuesto.
3Pues el amor no puede tener opuesto.
4Tú eres la Fuente de todo lo que existe.
5Y todo lo que existe sigue estando contigo y en Ti.
I Ahora, aquí, todo lo que experimentas se sostiene sobre la idea que tienes de ti mismo. Esa identidad que crees ser se convierte en el centro orbital de tu universo, y de ella derivan tu percepción y todas tus creencias. Lo único que se interpone entre esa idea ilusoria y tu verdadera identidad es el pecado.
La noción de pecado es una de las invenciones más blasfemas de la mente, pues supone que tú —o alguien— puede ser imperfecto y actuar contra la Voluntad de Dios. Pero pensar que es posible transgredir la Voluntad del Creador es, en el mejor de los casos, un delirio demencial. Es soñar con lo imposible. Sueñas que pecas, que pecan contra ti, y ese sueño envenena tu vida. El pecado es la mentira que sostiene tus pesadillas.
Por eso el perdón es el único camino: dejar de ver pecado en ti o en los demás es dejar de soñar. Cada vez que miras con culpa, sufres. Cada vez que crees en el pecado, te castigas a ti mismo. Eso es masoquismo mental, el gran mal de este mundo: hacerse daño a uno mismo y luego negarlo. Es como clavarse un dedo en el ojo y gritar de dolor, o como ese niño que insiste en oler la basura y quejarse de lo mal que huele. El problema no es el dolor, sino la falta de honestidad: no reconocer que eres tú quien se lo provoca.
El pecado no corrige nada: agrava los errores. No evita futuros pecados: los multiplica. No sana tu mente: la enferma. No te conduce a la vida: te conduce a la muerte. Y sin embargo, reconocerte responsable de tus decisiones —aunque a veces elijas mal— es un paso de enorme dignidad. Más digno es quien reconoce: «sí, esto lo he elegido», que aquel que se engaña pretendiendo ser inocente mientras sigue repitiendo la misma historia. El autoengaño es el obstáculo mayor. No es el “ser bueno” o “ser malo” lo que importa: lo esencial es la honestidad, porque de ahí brota la posibilidad de cambiar.
Mira más allá de esta vida y de este cuerpo: lo que cuenta no es la biografía humana, sino la vida del alma en su largo aprendizaje. Incluso quienes parecen hundirse en errores terribles están generando un contraste que tarde o temprano los conducirá a otra elección. El tiempo en este mundo es valioso porque aquí sí puedes elegir de nuevo, aquí sí puedes cambiar. Tras la muerte, hay visión, pero no cambio, porque no hay tiempo. Y por eso este instante es precioso: aquí y ahora tienes la oportunidad de perdonar y liberarte.
El mensaje final es esperanzador: todo esto ya ha ocurrido. El retorno al Hogar es inevitable, porque lo que eres nunca ha cambiado. La salvación está asegurada, aunque ahora nos entretengamos soñando. El pecado es solo una sombra que desvanece la honestidad del perdón. Reconócelo, suéltalo, y recuerda: eres perfecto porque eres el Hijo de la Perfección.
Padre, hoy elijo no estar loco.
No quiero temer al Amor ni buscar refugio en su opuesto.
Que mi mente recuerde que el pecado no existe y que todo lo que soy sigue estando contigo y enTi.
