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LECCIÓN 263

Mi santa visión ve pureza en todo.

1. Padre,

Tu Mente creó todo lo que existe,

Tu Espíritu se adentró en ello,

y Tu Amor le infundió vida.

2¿Cómo voy a contemplar entonces lo que Tú creaste como si pudiera corromperse?

3No quiero percibir esas imágenes tenebrosas y temibles.

4No puedo preferir el sueño de un loco

a toda la belleza con la que Tú bendijiste la Creación,

a toda su pureza,

a toda su dicha

y a su eterno y calmo hogar en Ti.

2. Y mientras aún sigamos ante las puertas del Cielo, contemplemos todo cuanto vemos a través de una visión santa y de los ojos de Cristo.I

2Que toda apariencia nos parezca pura, para pasar de largo con inocencia, caminando juntos hacia la casa de nuestro Padre como hermanos y santos Hijos de Dios.II


I En realidad, ves lo que quieres ver. Aunque aún no lo creas, es la verdad. Y no lo crees porque no quieres creerlo. Tu voluntad conforma tu percepción mucho más de lo que imaginas. Primero quieres algo, luego lo ves, y finalmente te convences de que crees en ello porque lo has visto, cuando en realidad lo viste porque antes lo habías querido ver.

Eres responsable de todo lo que ves, pero no quieres asumir esa responsabilidad porque te da miedo tu poder. Y en cierto modo, tienes razón: tienes motivos para desconfiar de la idea que tienes de ti mismo, porque es falsa. Te crees culpable de un crimen terrible, convenciéndote de que hay algo en ti que merece castigo. Has enterrado esa culpa en tu inconsciente, pero sigue ahí, manifestándose como desconfianza hacia ti, hacia los demás y hacia Dios. Y por eso insistes en la privacidad, en ocultarte con tus pecados, como si hubiera algo que no deba salir a la luz.

¿No ves que todo eso es pura fantasía? Ese pecado original lo inventaste tú, y el mundo culpable que crees ver no es más que el eco de esa absurda creencia. Tú no eres culpable de nada, y el mundo tampoco. Perdónate y perdónalo todo, y descubrirás que lo que aparece fuera no es otra cosa que tu propia pureza. Haz la prueba y lo comprobarás.

La clave está en tu voluntad. Ves lo que quieres ver, y si quieres ver pureza, la verás. Es un acto de decisión: puedes fijarte en la oscuridad o en la luz. Puedes entrenar a tu mente para mirar en los demás solo lo bueno, por pequeño que parezca, y relacionarte únicamente con eso. Aunque se trate de una chispa minúscula, si te aferras a ella como a un hilo de amor, pronto descubrirás que otras luces empiezan a encenderse en esa persona, y también en ti.

Ese es el poder de tu mente: encender luces. Y con cada relación en la que eliges ver pureza, tu visión se hace más santa y más real. El mundo cambia contigo porque lo miras de otra manera. No se trata de autoengaño: se trata de elegir con lucidez qué quieres ver.

II Juan 14:2 «En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no fuera así, os lo habría dicho. Voy a prepararos un lugar».

Elijo ver pureza, y la pureza se desplegará ante .