Para repasar a la mañana y a la noche: L-103 y L-104
1. L-103 «Como Dios es Amor, es también felicidad».
2Que recuerde que el amor es felicidad y que nada más puede hacerme feliz.
3Por eso elijo no entretenerme con ningún sustituto del amor.
2. L-104 «Busco únicamente lo que en verdad me pertenece».
2El amor es mi herencia, y con él, la dicha.
3Estos son los dones que mi Padre me ha dado.
4Aceptaré todo lo que en verdad es mío.
3. A la hora en punto:
2«Como Dios es Amor, es también felicidad».
4. A la media hora:
2«Busco únicamente lo que en verdad me pertenece».I
I Si alguien te dijera que lo único que tienes que hacer en esta vida es amar, probablemente te sonaría bien, pero no lo entenderías ni sabrías qué hacer. Mas si luego añadiera que, además, no puedes hacer otra cosa que eso, aún le entenderías menos. Pues bien, entiende que estás aquí exactamente para entender eso. Cuando lo aprendas, habrás completado tu función.
Abre hoy tu mente a la idea del amor, y para eso empieza a desprenderte de todas tus creencias. Cuando ya no quede ninguna, encontrarás en tu mente esa idea refulgiendo en todo su esplendor, porque eso es lo que tú eres.
Dado que Dios es amor, también es felicidad. Por tanto, cuando Jesús afirma que la Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad, está utilizando una forma accesible de expresar una realidad que va mucho más allá de los conceptos.
Como el amor y la felicidad son ideas reales —es decir, absolutas, eternas e irrebatibles—, no es posible extenderse mucho más sobre ellas desde la mente dual. Por eso, Jesús empieza a trabajar con sus opuestos. Al no poder decir más sobre lo que es amor, comienza a señalar lo que no lo es. Así, nos ayuda a reconocer que solo el amor puede hacernos felices, y que ningún sustituto puede ofrecernos verdadera dicha.
La enseñanza es clara: Elijo no entretenerme con ningún sustituto del amor. Y esto requiere recordar constantemente que nada, fuera del amor, puede hacernos felices. En un mundo tan confundido sobre la fuente de la felicidad, esto es vital.
Si le preguntas a la gente que le haría feliz, la mayoría responde: el dinero. Es una respuesta común, especialmente desde una perspectiva materialista. Pero Jesús nos advierte: no te confundas. Nada que no sea amor te puede hacer feliz. Y ese amor se encuentra en las relaciones… pero no en las relaciones en sí mismas, sino en el amor que uno da dentro de ellas.
Las relaciones aportan dicha únicamente en la medida en que se expresan con amor. No son valiosas por sí mismas, sino por lo que se entrega en ellas. Y ahí se crea un círculo virtuoso: el amor que das, lo recibes, lo devuelves, y en ese intercambio reconoces lo que realmente eres.
El amor que das es el amor que eres. Por eso, dar amor es una forma de experimentar tu ser. Y cuando estás en contacto con tu ser, te acercas a la verdadera felicidad, porque estás reconociendo y expresando tu naturaleza esencial.
Ser es amar, y cualquier experiencia que te permita vivir desde ese Ser será profundamente gratificante. No solo por el hecho de amar en sí, sino por toda la luz que se irradia al hacerlo. Dar luz es reconocerse como luz.
Cuando Jesús afirma «Recuerda que nada más me puede hacer feliz», nos está guiando hacia esta comprensión: que la única fuente real de felicidad es el amor, y que todo lo demás es un intento fallido de sustitución.
La Lección que sigue afirma: «Busco únicamente lo que en verdad me pertenece». En realidad, esta expresión puede entenderse mejor como «Busco únicamente lo que en verdad soy». Porque en el lenguaje del Curso, tener y ser son lo mismo. Lo que me pertenece es, en realidad, lo que soy.
La Lección 104 lo dice con claridad: «Busco únicamente lo que en verdad soy. El amor es mi herencia, y con él, la dicha. Estos son los dones que mi Padre me ha dado».
Es decir, esto es lo que somos. Estos son los atributos con los que fuimos creados. Por tanto, aceptar lo que me pertenece es aceptar lo que soy.
Jesús utiliza un lenguaje que se adapta a nuestra mente egóica —que tiende a lo posesivo— pero lo que señala es una verdad más profunda: no se trata de poseer nada, sino de reconocerse como aquello que realmente se es.
