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LECCIÓN 118

Para repasar a la mañana y a la noche: L-105 y L-106

1. L-105 «La Paz y la Dicha de Dios son mías».I

2Hoy aceptaré la Paz y la Dicha de Dios en lugar de todos los sustitutos que yo he hecho de la felicidad y la paz.

2. L-106 «Hoy me aquietaré y escucharé la verdad».

2Que mi propia débil voz se acalle y que oiga la poderosa Voz de la Verdad misma asegurándome que soy el perfecto Hijo de Dios.

3. A la hora en punto:

2«La Paz y la Dicha de Dios son mías».

4. A la media hora:

2«Hoy me aquietaré y escucharé la verdad».II


I La paz y la dicha de Dios son mías.

No.

La paz y la dicha de Dios no son algo que me pertenece. Más bien, es lo que soy.

Yo soy la paz y la dicha de Dios. Estoy hecho de eso. Esa es mi sustancia, la única realidad en mí. No se trata de algo que poseo, sino de lo que soy esencialmente.

Cuando leas este Curso, intenta eliminar los posesivos y trasladar las afirmaciones al plano del ser. Verás cómo eso supone subir un peldaño en la comprensión. El Curso, en muchos pasajes, utiliza un lenguaje adaptado a quienes recién comienzan. Jesús nos habla como a niños pequeños, con ternura, pero también con simplicidad.

Sin embargo, cuando uno ha recorrido camino, puede permitirse mirar desde un nivel más alto. En lugar de «la paz y la dicha de Dios son mías», podemos afirmar con claridad: yo soy la paz y la dicha de Dios.

Igual que antes decíamos soy espíritu, ahora podemos decir: soy paz y dicha. Esa es la sustancia de mi ser.

II Este es uno de los ejercicios más hermosos y profundos. La invitación es simple, pero poderosa: permitir que la débil voz del ego se acalle para que la verdad pueda hablar.

Busca, cada día, un momento —no importa cuándo ni cómo— para aquietarte y escuchar. No hace falta planificarlo. En medio de lo que estés haciendo, si sientes el impulso, simplemente detente un instante y di:
«Ahora me aquieto y escucho».

No importa si estás ocupado, si hay ruido, si estás entre tareas. Sé ambicioso espiritualmente: concédete lo mejor. Y lo mejor que puedes alcanzar en este mundo es ese instante de silencio receptivo, ese momento en el que decides abrirte a la Palabra de Dios.

La experiencia llega cuando aquietas la mente. O, mejor dicho, cuando deseas aquietarla. Lo único necesario es el deseo sincero de entrar en silencio, de ser respondido.

Ni siquiera necesitas lograrlo del todo. Basta con quererlo de verdad.

Y no esperes que sea algo largo o extraordinario. A veces basta con medio segundo. Pero ese medio segundo contiene todo. No es una cuestión de cantidad, porque lo que se experimenta ahí tiene una calidad intemporal. Es, literalmente, un pedacito de eternidad.

Toda la confusión que reina en este mundo proviene de la extraña idea de que aquí hay algo que decidir y de que esa decisión te corresponde a ti. El mundo te impone la tarea de decidir constantemente sobre asuntos y entre opciones de los que, en realidad, no sabes absolutamente nada. Eso te confunde, te crea dudas, inquietudes y una extrema sensación de inseguridad. Te sientes estresado y abrumado por semejante responsabilidad, lo cual es muy comprensible.

En verdad no hay nada que decidir. Dios ya tomó la única decisión posible cuando te creó. Dios decidió que fueras feliz. Esa fue, es y será Su Voluntad por siempre, y eso es inalterable e imposible de contravenir.

Aquiétate, escucha la verdad y comprende tu realidad. Eres el Amor creado por el Amor Mismo. Tuyas son la Paz y la Dicha de Dios. Eso es inmutable por toda la eternidad. Pero también eres libre: puedes creer lo que te venga en gana, aunque no puedes hacer que tus imaginaciones sean verdad.

Todo lo que se aparte de la Voluntad de Dios no existe, y a la conciencia de lo que no es nada —la ausencia del amor— la encuentras temible y la llamas miedo. Dios no conoce eso porque no es verdad y no existe, pero tú te estás recreando en tus absurdas creencias y estás pidiendo lo imposible. Estás decidiendo que no quieres ser feliz, pero eso, además de absurdo, no es opcional.

¿Por qué no te aquietas un poquito, escuchas la verdad y dejas de llevarle la contraria a Dios? Deja de decidir, sé feliz y da tu felicidad a otros por medio de tu amor. No hace falta que hagas nada más para cumplir tu función.

¿Es eso pedir mucho?