Dios es mi Padre, y Él ama a Su Hijo.
1. Mi verdadera identidad es tan invulnerable, tan sublime e inocente, tan gloriosa y magnífica, y tan absolutamente benéfica y libre de culpa que el Cielo la contempla para que lo ilumine.
2Y también ilumina al mundo.
3Mi verdadera identidad es el Don que mi Padre me dio, y el que yo también doy al mundo.
4Este es el único don que se puede dar o recibir.
5Mi verdadera identidad es la Realidad, y nada más.I
6Este es el final de la ilusión.
7Esta es la Verdad.
2. ¡Oh, Padre!
Tú aún conoces mi Nombre.
2Yo lo he olvidado,
y no sé a dónde voy,
quién soy,
ni qué es lo que hago.
3Recuérdamelo ahora,
Padre,
pues estoy cansado del mundo que veo.
4Revélame lo que Tú quieres que vea en su lugar.II
I Yo soy la Realidad. Yo soy la Existencia Misma. Yo soy lo que Es, y Quien Es. Dios Padre y yo, Dios Hijo, somos Uno. Dios es Uno, porque la Existencia es Una.
Lo que no es la Existencia Una no existe; no es más que una perspectiva de lo imposible.
Toda ilusión —todas las ilusiones— no es más que una idea contemplada de innumerables maneras, perspectivas y aspectos; y esa sola idea es la idea de la separación.
La idea de no ser el Ser Uno es la tinta negra con la que se dibujan mil paisajes sobre la blanca pizarra de la Existencia, opacando la Luz de Su Amor.
Ilusión: historias construidas con ausencias de Luz; ausencias de Amor.El mundo es una historia de lo imposible en la que aquellos que se llaman a sí mismos «seres humanos» son sus personajes, aunque solo para ellos mismos.
Lo imposible es inconmensurable, porque no existe.
Todo lo que tiene un principio también tiene un final, pero el principio fue ficticio, tal como lo será su final; por eso es una ilusión.
Lo que nunca ha ocurrido solo tiene sentido desde dentro de su propia imposibilidad.
El Amor de Dios está en mí. Eso es lo que soy, y esa es la única Realidad.
II Esta Lección transita entre dos niveles de conciencia: el del Conocimiento pleno, que Jesús representa, y el nivel aún transitorio en el que se encuentra el estudiante. En el primer párrafo se afirma con total certeza la invulnerabilidad, gloria y pureza de nuestra verdadera Identidad: esa es la visión de Cristo, que contempla la Realidad tal como es. Pero ese conocimiento todavía no es completamente nuestro. Por eso, el segundo párrafo, en forma de oración, expresa la experiencia del alma que anhela recordar. «Yo lo he olvidado» es una confesión de humildad que reconoce el extravío en el mundo de las formas y clama por una revelación que lo reemplace.
La Lección articula así el trayecto completo: desde el reconocimiento de la ignorancia y la fatiga existencial —«estoy cansado del mundo que veo»— hasta la súplica por una visión diferente, la Visión que solo Dios puede dar. La verdadera identidad no es un concepto, sino una revelación, y se alcanza únicamente en la medida en que se renuncia al juicio propio y se acepta ver con los ojos del Amor.
Esta súplica se convierte en una oración de entrega, una rendición profunda que allana el camino al conocimiento real. No se trata de imaginar lo que somos, sino de dejar que nos sea revelado por Quien lo sabe. El Conocimiento, en el lenguaje del Curso, no se construye ni se alcanza con esfuerzo: simplemente se recibe cuando la mente se queda en silencio y cede su necesidad de controlar.
Dios es mi Padre, y Él me ama.
En Su Amor recuerdo mi verdadera identidad.
