Dios no me ha condenado, y yo tampoco lo hago.I
1. Mi Padre conoce mi santidad.
2¿Debo acaso negar lo que Él conoce y creer, en su lugar, en aquello que le es imposible conocer?
3¿Voy a aceptar como verdadero lo que Él proclama que es falso?
4¿No debería, más bien, aceptar lo que Su Palabra dice que yo soy, pues Él es mi Creador y Quien en verdad conoce la condición de Su Hijo?
2. Padre,
estaba equivocado con respecto a mí mismo,
porque no reparé en Cuál es la Fuente de la que yo procedo.
2No he abandonado esa Fuente para entrar en un cuerpo y morir.
3Mi santidad sigue siendo parte de mí,
tal como yo soy parte de Ti.
4Y los errores que he cometido acerca de mí mismo no son más que sueños.
5Hoy los dejo ir.
6Y estoy listo para recibir únicamente Tu Palabra acerca de lo que realmente soy.
I Esta lección nos equipara a la mujer sorprendida en adulterio en Juan 8, donde, cuando la multitud está a punto de apedrearla, Jesús dice: «El que esté libre de pecado entre vosotros, que tire la primera piedra contra ella». Luego, después de que todos sus acusadores se han ido, Él le pregunta: «Mujer, ¿dónde están esos tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?». Ella responde: «Nadie, Señor». Y Él le dice: «Tampoco yo te condeno; vete y no peques más».
Ahora Jesús nos insta a que no nos condenemos a nosotros mismos, pues Dios no nos ha condenado.
La palabra «arrogancia», del latín adrogare, significa atribuirse capacidades que no se poseen. La culpabilidad no es otra cosa que arrogancia disfrazada de humildad. Quien se siente culpable, antes que nada, se ha proclamado juez de sí mismo y se ha atribuido la capacidad de evaluar acertadamente una situación y de emitir una sentencia justa. Quien se siente culpable afirma saber más que Dios y, en el fondo, se resiente contra su Creador por haberle hecho imperfecto. El sentimiento de culpabilidad es un ataque directo contra Dios y una blasfemia.
A estas alturas ya debes tener muy claro, porque se te ha repetido muchas veces, que tu corazón es un indicador fiable del estado de tu mente. Si te sientes mal, es porque estás pensando algo que no es verdad. La culpa, propia o ajena, te encoge el corazón. Solo esto debería bastar para que tomes conciencia de que tu culpa es improcedente y de que todos los argumentos que has construido para justificarla son falaces.
Nunca culpes ni te culpes de nada. Reconoce tus errores y enmiéndalos, pero reconoce también que todo error pertenece a un pasado que ya no existe. Naces inocente en cada instante del eterno presente, y eso aplica tanto a ti como a tus hermanos. En el presente, tanto tú como tus hermanos sois absolutamente inocentes.
Tú te relacionas contigo mismo a través de la idea que tienes de ti, y tus estados de ánimo derivan directamente de esa idea. Ese concepto de ti mismo siempre es una opinión tuya, y como tal solo existe en el presente, porque las opiniones —del latín opinio, ‘acción o efecto de formar un juicio’— solo existen en el presente. Entiende bien que esa idea, opinión o juicio acerca de ti mismo puede ser cualquiera que tú decidas, pues es el resultado de tu voluntad. Más te vale, entonces, elegir la que más te beneficie, la que evite nuevos errores y te ayude a cumplir bien tu misión, que, como ya sabes, es ser feliz y hacer felices a tus hermanos.
La culpa jamás te ayudará a conseguirlo. La culpa es la idea obsesiva de perpetuar el pasado trayéndolo al presente para castigar o castigarte. No lo hagas jamás. La culpa y el castigo nunca te harán una persona mejor; el perdón, sí.
Dios no me ha condenado, y yo tampoco lo haré.
Reconozco la certeza de mi inocencia y descanso en mi santidad.
