Mía es la Gloria de mi Padre.
1. No ocultemos hoy la verdad acerca de nosotros mismos tras una falsa humildad.I
2Agradezcamos, en cambio, los dones que nuestro Padre nos concedió.
3¿Cómo íbamos a poder encontrar ningún rastro de pecado y de culpa en aquellos con quienes Él comparte Su Gloria?
4¿Y cómo no vamos a contarnos entre ellos, si Él ama eternamente a Su Hijo con perfecta constancia, sabiendo que sigue siendo tal como Él lo creó?
2. Padre,
te damos gracias por la luz que eternamente resplandece en nosotros.
2Y la honramos,
porque Tú la compartes con nosotros.
3Somos uno,
unidos en esa luz y uno Contigo,
en paz con toda la Creación,
y con nosotros mismos.
I ¿Qué puede haber más arrogante que ver el pecado? ¿Qué blasfemia mayor que proclamar que la culpabilidad está justificada, que el miedo es real y que la muerte existe? Dios —mi Padre— es perfecto, y el error en Él es imposible. ¿Cómo podría pensar que se ha equivocado conmigo? ¿Hasta dónde llega mi descaro al sostener esa idea?
El problema más profundo que tenemos los seres humanos es nuestro sentido de indignidad: la opinión negativa que hemos formado acerca de nosotros mismos. Creemos que esta autocrítica es humildad, pero no lo es; es una forma perversa de arrogancia que contradice la verdad. Nos juzgamos con dureza y luego proyectamos ese juicio sobre los demás, tratándolos también con dureza y sospecha. Así, privamos a todos —incluidos nosotros mismos— de la gratitud y la alegría que son nuestro estado natural.
Si dejáramos a un lado esa falsa humildad y aceptáramos que somos tal como Dios nos creó, que compartimos Su Gloria y Su dignidad, nos trataríamos con más amor, y de forma natural ese trato se extendería a los demás. Reconocer nuestra inocencia no es un acto de vanidad, sino de verdad.
Un ejemplo vivo de este cambio es la práctica de bendecir mentalmente a quienes nos rodean, atribuyéndoles las cualidades más elevadas. Esta simple elección puede transformar una situación de tensión en un instante, disipando el disgusto y generando un clima de paz tanto en nosotros como en la otra persona. Es un recordatorio de que, al ver a nuestro hermano con los ojos de Dios, no solo le devolvemos su dignidad, sino que también reclamamos la nuestra.
La Gloria de mi Padre es también la mía, y hoy no perderé el tiempo en necedades. Saldré al mundo dejando que mi júbilo proclame la verdad: que soy el Hijo bienamado de Dios, bendito por Él y unido para siempre a Su Luz.
Mía es la Gloria de mi Padre.
Su luz resplandece en mí y me une eternamente a Él.
