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LECCIÓN 262

Que hoy no perciba diferencias.

1. Padre, Tú tienes un solo Hijo.

2Y es a Él a quien hoy deseo contemplar.

3Él es Tu única Creación.

4¿Por qué habría de percibir miles de formas en lo que sigue siendo uno?

5¿Por qué habría de darle miles de nombres,

cuando uno solo basta? I

6Pues Tu Hijo debe llevar Tu Nombre,

ya que Tú lo creaste.

7Que no lo vea como un extraño para su Padre,

ni como un extraño para mí.

8Pues él es parte de mí y yo de él,

y ambos somos parte de Ti,

pues eres nuestra Fuente,

y estamos eternamente unidos en Tu Amor,

y somos eternamente el santo Hijo de Dios.

2. Nosotros, que somos uno, queremos reconocer en este día la verdad acerca de nosotros.

2Queremos regresar a casa y descansar en la unidad.

3Pues ahí reside la paz, que no se puede buscar ni hallar en ningún otro lugar.II


I El mecanismo de la ilusión es el cambio. Cambiar es la idea de que «lo que es» puede dejar de ser para convertirse en otra cosa. Ontológicamente es absurdo, pero dentro del sueño parece posible. El cambio mata el presente convirtiéndolo en pasado y enterrándolo en la tumba del recuerdo. Así surge el tiempo: la creencia de que la vida es muerte y de que el amor —la pura dicha de ser— carece de fundamento.

Cambio y diferencia son la misma idea. La palabra «diferencia», del latín differentia —cualidad que distingue entre dos o más cosas— proviene de differre, que significa «llevar a la separación múltiple». Y el espacio no es más que la pretensión de que esa separación se puede cuantificar. Separación, cambio, diferencia, tiempo y espacio son aspectos de una misma ilusión, la gran parodia de lo real.

Y no olvides que «ilusión» proviene del verbo latino illúdere, que significa «burlarse». La burla eres tú, engañándote con lo que no puede ser.

Dejar de ver diferencias es despertar, y querer dejar de verlas es ya querer despertar. Tú eres lo inalterable, lo que nunca cambia ni puede cambiar, y lo sabes porque siempre has sido tú. Lo único que ha cambiado son tus creencias, y como cambian, no son verdad.

Hoy se te invita a empezar por lo más próximo: tus hermanos. Reconócelos como uno contigo y deja de ver diferencias en ellos. Cuando lo consigas, verás que esa misma unidad se extiende a todo lo que percibes: árboles, montañas, estrellas, todo el mundo. La estrategia es sencilla: empieza con lo que te resulta más familiar, y desde ahí tu mente aprenderá a deshacer la idea de separación en todas sus formas.

No necesitas aún la experiencia mística de la unión total. Basta con este primer paso: mirar sin diferencias y reconocer que no hay «otro». Ese es el entrenamiento que conduce a la verdad.

II Salmos 34:14 «Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y ve en pos de ella».

Hoy recuerdo que lo real no cambia, por eso, mi verdadera realidad, ni cambia ni puede cambiar.

Sigo siendo tal como Dios me creó, no importa lo que diga el mundo o la voz del ego en mi santa mente.

Yo descanso en esa seguridad y ahí encuentro la Paz de Dios.