Te amo, Padre, y también amo a Tu Hijo.
1. Mi gratitud me permite aceptar mi amor sin miedo.I
2Y de este modo soy restaurado por fin a mi Realidad.
3El perdón elimina todo lo que se interponía en mi santa visión.
4Y así me acerco al final de los viajes sin sentido, los esfuerzos dementes y los valores artificiales.
5En vez de todo eso, acepto lo que Dios ha dispuesto que sea mío, seguro de que solo eso me salva, y seguro también de que estoy atravesando el miedo para encontrarme con mi Amor.
2. Padre, hoy vengo a Ti,
porque no quiero seguir otro camino que el Tuyo.
2Tú estás a mi lado.
3Tu camino es seguro.
4Y yo te agradezco de corazón Tus santos dones:
un santuario seguro,
y la escapatoria de todo lo que pueda nublar mi amor por Ti,
Padre mío,
y por Tu santo Hijo.
I Si el perdón es el padrino de la salvación, la gratitud es su fiel compañera, y ambos son los guardianes de las puertas del Cielo. Con semejantes compañeros de viaje, ¿qué puedes temer? ¿De qué puedes dudar?
El perdón viene primero: es él quien da los primeros pasos en el camino de la salvación. Y en cuanto aparece, ya se siente la brisa de la paz, que trae consigo fragancias de dicha y felicidad. Entonces llega la gratitud, hermosa y radiante, para tomarlo de la mano y ayudarlo a ascender por el sendero que conduce a Dios.
Cuando el perdón y la gratitud te acompañan, el miedo no se atreve a acercarse, pues, cobarde, se oculta y solo ataca a quienes caminan en soledad. Mas cuando ellos van contigo, puedes avanzar con despreocupación, sabiendo que nada malo puede sucederte.
Quienes se cruzan en tu camino te saludan con admiración al reconocer a tus nobles compañeros, y a sus ojos apareces revestido de dignidad y de honor. Todos acuden a ti en busca de consejo y consuelo, pues perciben que una sabiduría superior te acompaña y reconocen tu fortaleza y confianza. ¡Qué magnífica es ahora tu apariencia y cuán noble tu semblante!
La compañía del perdón y la gratitud te dignifica hasta tal punto que quienes te encuentran te ven como a un príncipe venido de lejanas tierras para repartir sus riquezas entre los necesitados. Y así es en verdad: no eres un príncipe, eres el Salvador del mundo, y traes contigo el mayor de los tesoros, la Palabra de Dios.
Comprende también que el perdón no es solo renunciar a juzgar, sino abrir un espacio en la mente donde la crítica se disuelve y el afecto se multiplica. Perdonar es mirar más allá del error y dejar que el amor se extienda sin esfuerzo, como un manantial que fluye sin agotarse. Y la gratitud acompaña a ese movimiento, pues reconoce que todo lo recibido y dado es uno y lo mismo. En esta unión de perdón y gratitud, la mente se vuelve un canal transparente, libre de conflicto, por donde la Luz de Dios pasa sin obstáculos.
Padre, que el perdón y la gratitud guíen hoy mis pasos, para que en su compañía pueda recordar que todo lo que doy es siempre lo que recibo.
