Estas son las ideas para repasar hoy: L-36 a L-40
1. L-36 «Mi santidad envuelve todo lo que veo».I
2La percepción del mundo real proviene de mi santidad.
3Al haber perdonado, ya no me veo culpable.II
4Puedo aceptar la inocencia que es la verdad acerca de mí.
5Cuando miro al mundo con ojos que comprenden, únicamente veo su santidad, pues solo visualizo los pensamientos que albergo acerca de mí mismo.
2. L-37 «Mi santidad bendice al mundo».III
2La percepción de mi santidad no me bendice únicamente a mí.
3Todo el mundo y todas las cosas que veo en su luz comparten la dicha que mi santidad me brinda.
4No hay nada que esté excluido de esta dicha, porque no hay nada que no comparta mi santidad.
5Al reconocer mi propia santidad, la santidad del mundo resplandece para que todos la vean.
3. L-38 «No hay nada que mi santidad no pueda hacer».IV
2El poder de sanación de mi santidad es ilimitado, porque su poder de salvación también lo es.
3Mas ¿de qué he de salvarme sino de las ilusiones?
4¿Y qué son todas las ilusiones sino falsas ideas acerca de mí mismo?
5Mi santidad las deshace todas, afirmando la verdad acerca de mí .
6En presencia de mi santidad, la cual comparto con Dios Mismo, todos los ídolos se desvanecen.
4. L-39 «Mi santidad es mi salvación».V
2Puesto que mi santidad me salva de toda culpa, reconocerla es reconocer mi salvación.
3Y también es reconocer la salvación del mundo.
4Una vez que he aceptado mi santidad, nada puede atemorizarme.
5Al no tener miedo, todos comparten mi comprensión, que es el Don de Dios para mí y para el mundo.VI
5. L-40 «Soy bendito por ser un Hijo de Dios».VII
2En esto reside mi derecho a todo lo bueno, y solo a lo bueno.
3Soy bendito por ser un Hijo de Dios.
4Todo lo bueno es mío porque Dios lo destinó para mí.
5No puedo sufrir ninguna pérdida, privación o dolor por ser quien soy.
6Mi Padre me sustenta, me protege y me guía en todo.
7Su cuidado por mí es infinito, y por siempre me acompaña.
8Soy eternamente bendito por ser Su Hijo.VIII
I Mi santidad envuelve todo lo que veo porque ahora todo lo veo desde mi santidad. Siempre ha estado ahí, la diferencia es que ahora la reconozco en mí.
II El perdón y la oración son los únicos recursos de los que dispones en este mundo de ilusión. Caminas atemorizado y absorto en tus propios pensamientos de condena, pecado y muerte; los ves como si estuvieran fuera de ti mismo, sin darte cuenta de que son de tu propia factura. Esa falta de responsabilidad del mundo que crees ver es lo que te convierte en víctima de ti mismo. Perdona lo que crees ver, no con un sentido de superioridad moral y bondad, sino porque todo eso no es real; es fruto de tus propias alucinaciones, y tú no quieres seguir sufriendo.
La mayor dificultad con la que te vas a enfrentar para abordar tu propia liberación es que todavía no has decidido de verdad que, efectivamente, quieres dejar de sufrir. Has confundido el placer con el dolor, y los percibes de manera invertida. Fíjate en el perverso placer que encuentras en la culpa y la venganza, y te darás cuenta de que es así. Con frecuencia, el sufrimiento de otros te consuela; tu propio sufrimiento, a veces, lo encuentras redentor.
Lo que este Curso denomina «percepción verdadera» te liberará de esas interpretaciones erróneas. Todavía eso no es la visión verdadera, pero es lo que te conduce hacia ella. Es el necesario proceso de purificación por el que debes pasar para que puedas reclamar tu derecho a obrar milagros.
III Mi santidad bendice al mundo porque eso es lo que hace la santidad, esa es su condición. La santidad es la condición de la existencia; la existencia es santa y crea extendiéndose a sí misma. En el mundo, a esa extensión, a esa creación, se le llama «bendecir».
IV En realidad, la santidad solo puede hacer una cosa: extender lo que ella es. No le pidas a la santidad otra cosa, porque no puede dártela. No le pidas que “mejore” tus ilusiones ni que ajuste la realidad a tus expectativas, porque eso sería perpetuar el engaño. La santidad no acomoda ilusiones; simplemente las disuelve afirmando la verdad.
Lo que sí hará, sin embargo, es verse a sí misma en todo lo que contemple. Al reconocer su propia esencia en todo, deshace las falsas ideas acerca de ti mismo, liberándote de las ilusiones. El mundo no es real; es un espejo en el que ves reflejada la idea que tienes de ti. Pero cuando miras con santidad, ya no ves proyecciones distorsionadas, sino un reflejo de la verdad que compartes con Dios. Entonces, todos los ídolos se desvanecen, y lo único que permanece es lo que siempre ha sido: la santidad misma, tu verdadera condición.
V Mi santidad es mi salvación porque mi santidad es mi condición. Mi santidad es la verdad acerca de mí, la reconozca o no.
VI Desde este lado del espejo, aquí, en este mundo de ilusiones, los valores reales como la santidad te resultan incomprensibles. Has limitado tantísimo tu propia mente que solo eres capaz de manejar conceptos ilusorios; por eso, la noción de santidad se te hace inasequible. El ámbito en el que crees vivir es una perfecta inversión del Cielo, y esa es la razón por la que te resulta mucho más fácil tratar con conceptos negativos.
Dada tu triste situación, quizás entiendas mejor esta idea si dices: «Mi inocencia es mi salvación». La idea de inocencia la entiendes bien, porque es un concepto negativo. Proviene del latín innocens, término formado por el prefijo negativo in- y la palabra nocens, que viene del verbo nocere, «hacer daño». Por lo tanto, inocente significa «no dañino», y eso lo puedes comprender y aceptar.
Que no te extrañe, entonces, el carácter «negativo» de este Curso, que propugna conceptos tales como «perdonar» —NO tener en cuenta—, «meditar» —NO considerar tus propios pensamientos— o «escuchar la Voz del Espíritu Santo y seguir sus dictados» —NO decidir por ti mismo—. El Jesús evangélico ya lo advierte: «Mi Reino NO es de este mundo».
Cielo y mundo son conceptos antitéticos, como lo son Dios y yo. La inversión del sistema de pensamiento que este Curso propone te lleva a la realidad mediante la negación de lo ilusorio. Si estos postulados tan «negativos» te inspiran algún temor o pesadumbre, date cuenta de que esto es debido a que todavía albergas alguna esperanza de encontrar algo valioso en este mundo en el que crees vivir.
Mas date cuenta de dos cosas: esto NO es vida, y tus legítimas aspiraciones de ser feliz nunca las satisfarás en lo que cambia. No solo te mereces más de lo que crees que quieres; te lo mereces todo porque se te dio todo, y jamás te conformarás con menos que eso.
VII Soy bendito porque Dios me creó mediante su bendición. Esto es irremediable, como todo lo que Dios crea; esto tampoco puede cambiar. Yo puedo decirme a mí mismo lo que me plazca y creérmelo, pero eso es incapaz de cambiar la realidad. Lo único que pueden cambiar, y que de hecho cambian, son mis opiniones acerca de mí mismo y acerca de todo, lo cual demuestra su insustancialidad.
VIII Estas cinco Lecciones, tan inspiradoras, resultan, sin embargo, bastante difíciles de aceptar desde nuestra perspectiva humana de identificación con falsas identidades personales. Pero esa es precisamente la razón por la que estamos haciendo este Curso: para cambiar la idea que tenemos acerca de nosotros mismos.
Yo me sentiré tan santo como me lo permita, y tal como me vea, así veré todo lo demás. Lo que contemple con ojos benévolos confirmará la santidad que me he concedido. Es un círculo virtuoso de afirmaciones positivas fundamentado en una verdad que todavía me cuesta reconocer, pero que se hará más evidente a medida que la practique.
Si estas cinco ideas maximalistas te parecen excesivas porque confrontan demasiado la imagen que tienes de ti mismo, no te rindas. Úsalas, pero modéralas un grado: en lugar de leer «santidad», lee «bondad», y quizás así te resulten más aceptables. Recuerda: lo importante no es que llegues a verte santo —aunque lo eres—, sino que avances en esa dirección.
Si todavía no eres capaz de reconocer la santidad en ti, al menos mejora la opinión que tienes acerca de los demás y del mundo. Deja de pensar en ti y enfócate solo en lo bueno, en los aspectos positivos de todo lo que te rodea. Sé agradecido con Dios, con los demás y con la vida, y así, sin darte cuenta, acabarás congraciándote contigo mismo.
