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LECCIÓN 11

Mis pensamientos sin significado me están mostrando un mundo sin significado.I

1. Esta es la primera idea vinculada a una fase crucial del proceso de corrección: la inversión de la manera de pensar del mundo.II

2Parece que es el mundo quien determina lo que percibes.

3La idea de hoy introduce el concepto de que son tus propios pensamientos los que configuran el mundo que percibes.III

4Se requerirá mucha práctica para llegar a aceptar esta idea como verdadera.IV

5Alégrate sinceramente de practicarla tal como se presenta aquí, ya que esta idea garantiza tu liberación.V

6En ella se encuentra la clave del perdón.VI

2. Las sesiones de práctica de la idea de hoy deben realizarse de una manera algo diferente a las anteriores.

2Comienza con los ojos cerrados y repite la idea lentamente para ti mismo.

3Luego, abre los ojos y mira a tu alrededor, tanto cerca como lejos, arriba o abajo; a cualquier lugar.

4Durante el minuto que dediques a practicar esta idea, simplemente repítela en silencio, asegurándote de hacerlo sin prisa y sin ninguna sensación de urgencia o esfuerzo.

3. Para conseguir el máximo beneficio de estos ejercicios, tu mirada debe ir bastante rápido de una cosa a otra, ya que no debe detenerse en nada en particular.

2Las palabras, sin embargo, deben pronunciarse sin prisa, incluso de manera relajada.VII

3Practica la idea de la manera más natural posible.

4Contiene el fundamento de la paz, la relajación y la ausencia de preocupaciones que estamos tratando de alcanzar.VIII

5Al concluir los ejercicios, cierra los ojos y repite lentamente la idea una vez más.

4. Tres sesiones de práctica hoy probablemente serán suficientes.

2Aunque, si sientes poca o ninguna inquietud, y te apetece continuar, puedes hacer hasta cinco.

3Más de eso no es recomendable. 


I El mundo que creo percibir fuera de mí, al que llamo «la realidad», no tiene un significado intrínseco; únicamente posee el que yo le he asignado a través de pensamientos que, en sí mismos, tampoco tienen significado. Estos pensamientos, concebidos como «formas» insustanciales —la voz del ego—, son el producto de un miedo primigenio: la aparente separación de Dios, Quien es la Existencia misma. En esencia, dichos pensamientos expresan la idea de la separación.

La aparición de un mundo ficticio ante los ojos de un personaje igualmente ficticio actúa, en cierto sentido, como un mecanismo de protección, ya que la idea de estar separado de la Realidad —la soledad absoluta— resulta aterradora e insoportable para la mente. Y, como la naturaleza aborrece el vacío, la mente que contempla esa idea «inventa» una pantalla imaginaria —la conciencia— sobre la cual proyecta sus miedos y deseos. De este modo, la mente sueña el mundo que cree real. Además, dado que la idea de ser un «yo» aislado y apartado de todo es, por naturaleza, fragmentaria, todo lo que percibo aparece también fragmentado y separado.

Aquello que llamo «realidad», «mundo» o «materia», y que considero algo externo, no es más que un conjunto de ideas sin significado que nunca han salido de mi mente, pues solo existen en ella. Este mundo aparentemente está compuesto de elementos cada vez más pequeños —órganos, células, moléculas, átomos, quarks— que surgen como resultado de un proceso disgregador que culmina en la insustancialidad de la indeterminación cuántica.

¿Te has preguntado alguna vez por qué nunca se ha encontrado algo que no esté en perpetuo cambio cuando se examina a fondo? Y si todo cambia constantemente para transformarse en otra cosa, ¿no es precisamente esa naturaleza cambiante lo que definimos como ilusión?

II «… son tus pensamientos los que determinan el mundo que ves» (1:3) es uno de los principios fundamentales del Curso. Esta idea da origen a la célebre afirmación: «Por lo tanto, no trates de cambiar el MUNDO, sino procura más bien cambiar tu forma de pensar SOBRE el mundo» (T-21.I.1:7).

La mente existe; el mundo, en sí mismo, no. Tendemos a creer que el mundo causa —o al menos influye en— lo que pensamos, pero este Curso enseña que es la mente la verdadera causa de todo, mientras que el mundo no es más que el efecto de una mente obnubilada.

III Por primera vez se introduce aquí una idea sorprendente, que se repetirá en diversas formas más adelante, como: «Yo SOY responsable de lo que veo» (T-21.IV.2:3). Esto implica que mis opiniones sobre el mundo no son consecuencia de que el mundo sea de una determinada manera; al contrario, soy yo quien fabrica el mundo que percibo a partir de mi manera de pensar. El mundo no es la causa de mis opiniones, sino su efecto.

Esta noción es un pilar fundamental en la ontología del Curso y constituye la base del perdón. Dado que el mundo, en sí mismo, carece de significado, lo que realmente perdono son mis propios pensamientos carentes de significado. Precisamente porque estos pensamientos son irreales, ellos son los que dan forma a un mundo culpable que yo mismo he inventado.

IV Esta línea aparece en las Notas de Helen, pero no en versiones posteriores, ni en el Urtext.

V No eres víctima del mundo que crees ver, sino de aquello que te cuentas a ti mismo.

VI El mundo no tiene culpa de nada. La culpabilidad que percibo en él es una proyección de mi propia mente. Si lo que observo en el exterior es el resultado de pensamientos carentes de significado, entonces no hay nada en ese mundo aparentemente externo que merezca ser «culpado». Lo único que necesita ser corregido son mis propios pensamientos.

VII A diferencia de los ejercicios anteriores, en este no aplicas la idea de manera concreta a los objetos que te rodean nombrándolos mientras lo haces. En lugar de eso, la repetición de la idea y el cambio en tu mirada no ocurren de forma simultánea. Ambas actividades se desarrollan a ritmos diferentes: la rapidez con la que diriges tu mirada contrasta con la lentitud con la que repites la idea.

VIII Puedo despreocuparme y perdonar lo que percibo porque carece de significado. Solo condeno y juzgo cuando creo que estoy viendo algo con significado: algo malo, perverso o terrible. Sin embargo, si aquello que percibo no tiene significado, no hay razón para condenarlo.

Y si mi mente es la causa de lo que veo, ¿cómo podría juzgarlo? Lo único que puedo hacer es reconocer, como afirma el Texto, que «soy responsable de lo que veo» (T-21.IV.2:3) y elegir cambiar mi propia mente.