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LECCIÓN 115

Para repasar a la mañana y a la noche: L-99 y L-100

1. L-99 «Mi única función aquí es la salvación».

2Mi función aquí es perdonar al mundo por todos los errores que yo he cometido.I

3Pues así me libero de ellos junto con todo el mundo.

2. L-100 «Mi papel es esencial en el plan de Dios para la salvación».

2Soy esencial en el plan de Dios para la salvación del mundo, pues Él me dio Su plan para que yo pudiera salvar al mundo.

3. A la hora en punto:

2«Mi única función aquí es la salvación».

4. A la media hora:

2«Mi papel es esencial en el plan de Dios para la salvación».II


I Mi única función aquí es la salvación, y eso, en términos concretos, significa perdonar al mundo por los errores que creo haber cometido. A través de ese perdón, me libero junto con el mundo.

Este principio nos lleva a revisar el mecanismo de la proyección. Como enseña el Curso: percibir es proyectar. Todo lo que percibimos es, en realidad, una proyección de nuestro propio estado mental. Aunque suene drástico decirlo así, podemos expresarlo de forma más cercana: percibimos el mundo tal como nos percibimos a nosotros mismos. La imagen que tenemos de nosotros determina el color con el que vemos todo.

Así, cuando estamos en paz y abiertos al amor, el mundo se nos muestra como un lugar amable. Pero si estamos irritados, tristes o resentidos, proyectamos ese estado y vemos un mundo hostil, confuso o amenazante. El mundo se convierte, entonces, en el escenario donde contemplamos reflejado nuestro estado de ánimo.

Por eso, juzgar y condenar lo que vemos fuera carece de sentido: el mundo no es causa, sino efecto. Lo que se ve en él es solo la manifestación de lo que ocurre en nuestra propia mente. En lugar de intentar corregir lo externo, la invitación es a cambiar la idea que tenemos de nosotros mismos, pues todo juicio hacia el mundo es, en el fondo, un juicio hacia uno mismo.

Perdonar al mundo es, por tanto, perdonarse a uno mismo. Pero no desde el esfuerzo por «arreglarse» a nivel personal —lo cual es imposible si se intenta desde el ego—, sino utilizando el perdón como herramienta. Jesús propone una estrategia profundamente sabia: en vez de intentar perdonar los propios errores directamente, basta con perdonar los errores que se ven en los demás, ya que esos errores proyectados representan, en el fondo, nuestras propias sombras. Al perdonarlas fuera, se sanan también en nuestro interior.

Este método permite utilizar el fenómeno de la proyección de forma constructiva. Proyectamos lo que no soportamos en nosotros, lo colocamos fuera y, al hacerlo, creemos verlo en los demás. Jesús nos dice: una vez proyectado, simplemente perdónalo donde lo ves. Así, el mundo se convierte en una herramienta de sanación: se puede usar el sueño del mundo para sanar la propia mente.

Aun sabiendo que el mundo es una ilusión, mientras siga siendo percibido como real, puede y debe usarse a favor de la verdad. Perdonar a alguien no solo lo libera a él en nuestra mente, sino que nos libera a nosotros. Es una forma indirecta de sanar la propia mente.

II Recuerda que ya has sido contratado y que ya te has comprometido con esta empresa. Eso de ir haciendo chapuzas por tu cuenta no estaría muy bien visto porque dejaría en mal lugar la reputación de la empresa para la que trabajas y a la larga no obtendrás ningún beneficio. Ahora tu única función es la salvación del mundo en tu mente. No lo olvides: recuérdatelo a ti mismo constantemente. Tu papel en esa tarea es esencial, porque, si no lo haces tú, ¿quién va a salvar entonces al mundo?

Esto implica reconocer que cada uno tiene una función específica y necesaria. No se trata de esperar a que la salvación venga de fuera, sino de aceptar que hay una obra que realizar, y que esa obra depende de nuestra participación activa.

Jesús no se presenta aquí como un salvador distante, sino como un guía que nos invita a ponernos manos a la obra. Si la función de uno no fuera esencial, ¿qué sentido tendría estar aquí? El hecho de que estemos en este mundo, o creamos estarlo, indica que tenemos un propósito.

Incluso dentro del sueño, la aparente existencia tiene sentido. Y aunque esta existencia sea ilusoria desde un nivel absoluto, no lo es para quien cree en ella. Muchos pueden pensar: «No quiero estar aquí», o «no quiero reencarnar», pero el hecho es que aparentemente estamos aquí. Y eso apunta a una razón: el papel que cada uno desempeña en el plan de Dios es esencial.

Sin esa función, no existiríamos como personajes dentro del sueño. La ilusión misma está al servicio de algo más grande. Por tanto, aceptar que se tiene un papel esencial no solo da sentido a la vida en este mundo, sino que reconecta con la verdadera razón de estar aquí.

Y ese papel es claro: participar en la salvación del mundo. No como algo heroico ni grandioso, sino como parte de una voluntad compartida: recordar la verdad, perdonar, sanar la mente y extender la felicidad.

Sin ese papel, el plan no está completo. Por eso, cada uno es indispensable. Aceptar esa verdad es un acto liberador de humildad y responsabilidad.