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LECCIÓN 235

Dios, en Su Misericordia, ha dispuesto que yo esté a salvo.

1. No tengo más que mirar todo lo que parece dañarme, y con absoluta certeza decirme a mí mismo:

2«Dios ha dispuesto que yo esté a salvo de esto».

3Y simplemente lo veré desaparecer.I

2. No tengo más que tener presente que la Voluntad de mi Padre para mí es solo felicidad, para comprender que la felicidad es mi única condición.

2Y no tengo más que recordar que Su Amor envuelve a Su Hijo y mantiene su impecabilidad siempre perfecta, para estar seguro de que estoy a salvo y por siempre seguro en Sus Brazos.

3Yo soy el Hijo que Él ama.

4Y estoy a salvo, porque Dios, en Su Misericordia, así lo dispone.

3. Padre,

Tu Santidad es la mía.

2Tu Amor me creó,

e hizo que mi impecabilidad formara por siempre parte de Ti.

3No hay culpa ni pecado en mí,

pues no lo hay en Ti.


I ¡Pobre criatura de Dios! Crees que tu función es creer, y te encierras en tus creencias como si fueran tu hogar. Así construyes un mundo particular a base de historias que te cuentas sobre ti mismo.

Pero no fuiste creado para eso; esa no es tu condición natural. Ahora crees en Dios… y mañana dejas de creer… y piensas que esa oscilación es importante. El verdadero problema no es si crees o no crees en Dios, sino el hecho mismo de desperdiciar tu mente creyendo en absoluto.

Cuando dejes de aferrarte a creencias, volverás a conocer. La mente es plena en cualquier función que se asigne a sí misma, y su función natural es la extensión del Amor, no la fabricación de historias. Por eso, no te traiciones forzándote a creer: deja de creer y ama.

Este Curso nos recuerda que todo lo que parece dañarte puede desaparecer en cuanto lo mires y recuerdes con absoluta certeza: «Dios ha dispuesto que yo esté a salvo de esto». Lo que llamas “peligro” o “problema” no es más que otra historia que tu ego inventa. Y ese ser que narra —el soñador del sueño— nunca cambia. Cambian los adjetivos, las interpretaciones, los guiones… pero el narrador es siempre el mismo, inmutable e invulnerable.

Esta continuidad de tu ser es lo único real que conoces de ti mismo. Todo lo demás —el cuerpo, las opiniones, las circunstancias— ha cambiado mil veces, pero tú sigues siendo el mismo soñador. La aparente fragilidad de tu vida es solo el resultado de haberte identificado con las historias y olvidado quién las cuenta.

Aceptar que lo físico no es más que una proyección mental te libera de la ilusión de que eres vulnerable. El cuerpo, con todas sus células en constante cambio, no puede ser tu identidad. Eres la mente que sueña, el ser que permanece igual a través de todos los relatos. Y si ese ser es inmutable, entonces también es invulnerable, porque está a salvo en Dios.

Recuerda: ninguna historia es verdad. Solo el que la cuenta —el Hijo que Dios ama— es real. Cuando descanses en esa certeza, las historias perderán poder sobre ti, y conocerás por experiencia que tu seguridad no es un logro, sino el regalo eterno que Dios, en Su Misericordia, te dio desde siempre.

Dios, en Su Misericordia, ha dispuesto que yo esté a salvo.

Su Amor me envuelve y mi impecabilidad permanece intacta en Él.