Yo gobierno mi mente, y solo yo la debo gobernar.
1. Tengo un reino que debo gobernar.
2Sin embargo, a veces no parece que yo sea su rey en absoluto.
3Parece que ese reino es el que me gobierna a mí, y me dice lo que debo pensar, y lo que debo hacer y sentir.I
4Mas se me ha dado mi mente para que sirva a cualquier propósito que yo decida.
5La única función de mi mente es servir.
6Hoy la pongo al servicio del Espíritu Santo, para que la emplee como Él considere oportuno.
7Así es como dirijo mi mente, la cual solo yo puedo gobernar.
8Y así es como la libero para que haga la Voluntad de Dios.
2. Padre,
hoy mi mente está abierta a Tus Pensamientos,
y cerrada a todo pensamiento que no proceda de Ti.
2Yo gobierno mi mente y te la ofrezco a Ti.
3Acepta mi don,
pues es el que Tú me diste.
I Pensar que eres impotente es quizá el pensamiento más extraño que puedas concebir. La impotencia es imposible, pero sí concebible: tal es el poder de tu mente. Y como en otras ocasiones, deberías preguntarte por qué y para qué te cuentas eso. Si te otorgas a ti mismo la impotencia y la esclavitud, debe ser porque crees que no mereces la libertad, quizá porque sospechas que has usado mal tu poder y temes lo que podrías hacer con él. ¡Criatura de Dios! El miedo no te salvará; tu fe y tu confianza, sí.
Tu voluntad es eternamente libre y capaz de concebir y crear cualquier cosa que elijas. Y aquí radica la clave: tu mente es como un proyector que proyecta la película de tu vida. La historia que ves en la pantalla no se escribe sola: tiene un guion, y siempre hay dos guionistas disponibles. Uno es el ego, el otro es el Espíritu Santo. Tú, como “tomador de decisiones”, eres el espectador sentado en la sala, y tienes el poder de elegir quién escribirá el guion que se proyectará ante ti.
Si no tomas conscientemente esta decisión, el guionista por defecto será el ego, y entonces la película que veas estará llena de conflicto, miedo y pérdida. Te parecerá que no gobiernas tu mente, que el “reino” te gobierna a ti, dictando lo que debes pensar, sentir y hacer. Pero el hecho es que la elección sigue siendo tuya.
Gobernar tu mente significa asumir esta autoridad y ofrecerla al Espíritu Santo para que la utilice según la Voluntad de Dios. Así la liberas de todo propósito pequeño y la alineas con el único propósito real: extender el Amor que eres. Y en eso, aun en la duda o la oscuridad, no puedes equivocarte.
Recuerda: solo tú gobiernas tu mente, y solo tú decides el guion que se proyecta en tu experiencia. Elige bien a tu guionista, y el mundo que contemples será muy diferente.
Yo gobierno mi mente, y solo yo la debo gobernar.
La ofrezco a Ti, Padre, para que cumpla únicamente Tu Voluntad.
