¿Qué límites podría imponerle yo al Hijo de Dios?
1. Aquel que Dios creó ilimitado es libre.I
2Puedo imaginar que lo encarcelo, pero solo en ilusiones, no en la realidad.
3Ningún Pensamiento de Dios ha abandonado la Mente de su Padre.
4Ningún Pensamiento de Dios está limitado en absoluto.
5Ningún Pensamiento de Dios puede dejar de ser eternamente puro.
6¿Cómo podría imponerle límites al Hijo de Dios, cuando su Padre dispuso que fuera ilimitado e igual a Él en libertad y amor?
2. Padre,
hoy voy a honrar a Tu Hijo,
pues solo así encuentro el camino que me conduce a Ti.
2Padre,
hoy no voy a imponerle límites al Hijo que Tú amas,
y que creaste ilimitado.
3El honor que a él le brindo te corresponde a Ti,
y todo lo Tuyo es mío también.
I Hoy voy a darme un descanso de mí mismo. Voy a dejar de hacerme caso.
Y es que, bien mirado, resulta sorprendente la importancia que le concedo a mis propios pensamientos. Surge una ocurrencia cualquiera, la considero, me dejo hipnotizar por ella y permito que cualquier tontería ocupe mi santa mente y se instale en mi corazón.¿Cómo puedo temer lo que viene de fuera, si ya he dejado entrar por la puerta trasera a un loco peligroso que pretende decirme quién soy y qué significa todo lo que veo? Ese impostor es mi ego, siempre dispuesto a narrar historias falsas que me roban la paz.
Hoy no temeré al mundo ni a la ilusión, pero sí vigilaré esa voz engañosa en mi interior y no dejaré que sus patrañas me gobiernen.
La lección proclama: “¿Qué límites podría imponerle yo al Hijo de Dios?” Aquel que Dios creó ilimitado es libre. Puedo imaginar que lo encarcelé en una definición concreta —mi cuerpo, mi edad, mi historia personal—, pero eso solo ocurre en ilusiones. La realidad es que ningún pensamiento de Dios está limitado ni sujeto al cambio, y yo soy un pensamiento de Dios.
Definir es limitar. La palabra viene del latín definire, “poner límites”. Cada vez que digo “soy esto” o “soy aquello”, en verdad estoy reduciendo lo ilimitado a una etiqueta. Y aunque es inevitable desenvolverse en este mundo con definiciones —nombre, profesión, rol, nacionalidad—, no son mi verdad. Son solo una manera práctica de comunicarme aquí.
El problema es que termino creyéndomelas. Creo que soy esa definición, que mis límites son reales. Y cuanto más me aferro a esa creencia, más me siento pequeño, frágil y mortal. Jesús me recuerda hoy que eso no es cierto. Que no puedo ser, al mismo tiempo, una persona limitada y el Hijo de Dios ilimitado. La honestidad exige reconocerlo: cuando me defino como “alguien”, me estoy negando como Hijo de Dios.
¿Qué hacer entonces? No se trata de renunciar a mis definiciones externas de golpe —eso me llenaría de miedo—, sino de ir creyendo un poco menos en ellas. Decir “sí, soy esto o aquello” en el plano humano, pero no darle tanto crédito. Restarle importancia. Practicar el descreimiento.
Cada vez que reduzco mi fe en mis propias definiciones, amplío mi espacio interior y me acerco a la experiencia de mi verdadera libertad. La práctica comienza con algo tan simple como esto: no hacerme caso todo el tiempo.
Padre, hoy no quiero limitar a Tu Hijo con mis pequeñas definiciones.
Recuérdame que soy ilimitado como Tú, y que toda libertad está ya en mí.
Amén.
