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LECCIÓN 288

Que olvide hoy el pasado de mi hermano.

1. Este es el pensamiento que lleva a Ti y me recuerda mi meta.

2No puedo llegar a Ti sin mi hermano.

3Y para conocer mi Fuente, antes debo reconocer lo que Tú creaste uno conmigo.

4Mi hermano es la mano que me guía en el camino hacia Ti.

5Sus pecados quedaron en el pasado, junto con los míos, y yo me he salvado porque el pasado ha desaparecido.I

6No dejes que lo atesore en mi corazón, o perderé el camino que me conduce a Ti.

7Mi hermano es mi Salvador.

8Que no ataque al Salvador que Tú me has dado.

9En vez de eso, que honre a ese que lleva Tu Nombre, para así poder recordar que su Nombre es el mío.

2. Hoy, entonces, perdóname a mí.

2Y sabrás que me has perdonado si contemplas a tu hermano a la luz de la santidad.

3Él no puede ser menos santo que yo,

y tú no puedes ser más santo que él.


I Hoy Jesús nos pide que le perdonemos. Puede sonar extraño: ¿qué hemos de perdonarle a él? ¿Qué nos ha hecho? En realidad, no le acusamos de otra cosa que de haber sido un hombre.

En el Glosario se dice que «el Nombre de Jesús es el Nombre de uno que fue un hombre, pero vio la Faz de Cristo en todos sus hermanos y recordó a Dios. Así fue como se identificó con Cristo y dejó de ser un hombre para hacerse uno con Dios. El hombre era una ilusión, pues aparentemente era un ser separado que caminaba solo dentro de un cuerpo que parecía mantenerlo separado de su Ser, como hacen todas las ilusiones» (G-6.2:1-3).

Jesús fue crucificado porque parecía un hombre, pero resucitó porque era el Hijo de Dios. Fue condenado por pecados que no cometió, y en eso se convierte en símbolo de toda la humanidad. Cada vez que condenas a tu hermano, lo crucificas igual que a Jesús, atribuyéndole pecados irreales que jamás cometió. Sus culpas no existen, como tampoco existe su condición egoica que lo hace parecer separado. Cada juicio que pronuncias sobre tu hermano reafirma la condena contra ti mismo.

Por eso Jesús te pide perdón: porque al acusarlo a él, acusas al Hijo de Dios en todos, y por tanto también en ti. Perdonar a Jesús significa perdonar a tu hermano y, en consecuencia, perdonarte a ti mismo. Y ese es el final del sueño.

¿Quieres un día distinto, luminoso, lleno de alegría? Es más simple de lo que crees: olvida todo lo que te has contado sobre el mundo, sobre tus hermanos y sobre ti mismo. Reconoce que esas historias son falsas y míralo todo con ojos nuevos, libres del pasado. Así das a cada encuentro la oportunidad de ser algo nuevo, algo inocente. Y entonces, el mundo entero cambia ante tu mirada. No porque él haya cambiado, sino porque tú lo has liberado de tus definiciones y juicios.

Ese es el verdadero significado de la petición: «Que olvide hoy el pasado de mi hermano». No se trata solo de soltar ofensas concretas, sino de abandonar por completo todas las ideas que te has hecho de él —las buenas y las malas—, y concederle la libertad de ser lo que Dios creó. Y cuando lo haces, sin darte cuenta te estás concediendo esa misma libertad a ti. Ahí radica el poder redentor del perdón: tu hermano es tu salvador porque en su liberación descubres la tuya.

Elige hoy mirar a tu hermano sin definiciones, como si lo vieras por primera vez, y deja que esa visión te recuerde lo que eres en verdad.

Padre, que hoy olvide el pasado de mi hermano y lo contemple con la inocencia con que Tú lo creaste.