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LECCIÓN 287

Tú eres mi meta, Padre mío. Solo Tú.

1. ¿Adónde querría ir sino al Cielo? I

2¿Qué podría sustituir a la felicidad?

3¿Qué otra cosa podría preferir a la Paz de Dios?

4¿Qué tesoro querría buscar, hallar y conservar que fuera comparable con mi Identidad?

5¿Y cómo iba a preferir vivir con miedo en vez de con amor?

2. Tú eres mi meta, Padre mío.

2¿Qué otra cosa aparte de Ti podría desear?

3¿Qué camino sino el que conduce a Ti querría recorrer?

4¿Y qué otra cosa, salvo recordarte,

podría significar para mí el fin de los sueños

y de las cosas inútiles que han ocupado el lugar de la verdad?

5Tú eres mi única meta.

6Tu Hijo quiere ser como Tú lo creaste.

7¿De qué otra manera podría reconocer mi Ser

y recobrar mi Identidad?


I Es posible que esta Lección te resulte difícil de asumir con total honestidad, y reconocerlo es un buen comienzo.

Decir que Dios es tu única meta en este mundo puede parecer excesivo, porque para desear algo con tanta rotundidad es necesario saber con claridad qué es aquello que se desea y estar convencido de que alcanzarlo es realista. Ese planteamiento funciona para las metas del mundo, pero no para Dios, porque conocer a Dios y estar en Dios es lo mismo. Quien conoce a Dios ya está en Él y no necesita tenerlo como meta.

La dificultad está en que quien no logra tener a Dios como meta no es tu verdadera Identidad. Tú no eres esa mente personal que se distrae con mil objetivos secundarios. Tú eres el Hijo de Dios, que nunca se ha separado de su Padre y no necesita “encontrarlo”. De ahí que las últimas palabras de la Lección sean tan reveladoras: «… y recobrar mi Identidad».

¿Cómo no te va a resultar difícil tener a Dios como meta si aún no sabes quién eres? Puedes repetir con los labios que eres el Hijo de Dios, pero enseguida tu mente se llena de trivialidades que no pueden ser la expresión de tu verdadera condición.

No te preocupes. Esa es justamente la razón de este Curso: ayudarte a recordar lo que eres. Si hubieras aceptado tu verdadera Identidad no necesitarías el perdón ni la Expiación, porque el Hijo de Dios no conoce ni el pecado ni la separación. Pero tú, que eres él, mientras sigas identificado con un yo ilusorio, sí lo necesitas.

En este estado de confusión, tener a Dios como meta es un acto de tu voluntad. Es la manera de declarar que quieres alinear tu querer con la Voluntad del Padre. Aunque en lo más profundo tu voluntad y la Suya son siempre una sola, este gesto de entrega en el tiempo tiene un inmenso valor porque te abre de nuevo al recuerdo de lo eterno.

Puedes expresarlo con una sencilla oración que convierte esta declaración en un acto vivo: «Padre mío, quiero que Tú, y solo Tú, seas mi meta». Esta súplica resuena en el Cielo y mueve a los ángeles de Dios a ayudarte en tu propósito legítimo. Porque este es el camino de los místicos: enfocar toda la mente en un único interés, purificarla de los objetivos dispersos, hasta que quede libre para reconocer lo único real.

Padre mío, que hoy mi voluntad se una a la Tuya, y que solo Tú seas mi meta y mi descanso.