El sosiego del Cielo abraza hoy mi corazón.
1. Padre,
¡qué día tan sereno el de hoy!
2¡Cuán armoniosamente cae todo en su sitio! I
3Este es el día señalado como aquel en el que comprendo la lección de que no tengo que hacer nada.
4 En Ti ya se ha tomado toda decisión.
5En Ti ya se ha resuelto todo conflicto.
6En Ti ya se han colmado todas mis esperanzas.
7Tu Paz es mía.
8Mi corazón está tranquilo,
y mi mente en paz.
9Tu Amor es el Cielo,
y Tu Amor es mío.
2. La quietud de hoy nos dará esperanzas de que hemos encontrado el camino y de que ya hemos recorrido un gran trecho por él hacia una meta de la que estamos completamente seguros.
2Hoy no dudaremos del final que Dios Mismo nos ha prometido.
3Confiamos en Él, y en nuestro Ser, que sigue siendo uno con Él.
I Hoy es un día para la calma y la despreocupación, un día para permitir que la serenidad sea tu estado natural. No te preocupes por nada ni te apresures en absoluto.
La vida nunca se equivoca: cada situación que llega a ti es exactamente lo que necesitas aprender, y tu única tarea es perdonarla y celebrarla. La vida es perfecta; lo único improcedente son tus expectativas, esas exigencias del ego que quieren imponer condiciones a lo que ya está dispuesto con total sabiduría.
Recuerda que todo ocurre en el momento perfecto y de la forma perfecta, y que siempre dispondrás de los medios para responder adecuadamente.
No hay motivo alguno para la inquietud, solo para la confianza.
Acoge cada circunstancia con alegría, como si fuera un maestro benévolo que te enseña a recordar quién eres. Esa es la verdadera actitud en la escuela de la vida.
Es posible que a lo largo del día tu mente oscile, sintiendo emociones diversas ante las ilusiones que percibe. No te preocupes: eso solo refleja que todavía les das distintos valores, creyendo que unas son más importantes que otras. Pero la verdad es que ninguna lo es, pues todo lo que ves forma parte del mismo sueño. Y aquí está tu entrenamiento: no hacer diferencias, igualar todas tus reacciones mediante un único recurso —el perdón—, hasta que tu mente se asiente en una ecuanimidad invulnerable.
Reconoce, además, que el curso te propone algo muy simple y a la vez muy radical: no tienes que hacer nada. Esa es la clave. Todo afán por “hacer” proviene del ego, que siempre dicta exigencias, proyectos y miedos. Pero cuando te detienes y recuerdas que no tienes que hacer nada para ser lo que eres, entras en el verdadero descanso.
Ese “no hacer nada” no significa pasividad, sino la decisión de no dar importancia a las ilusiones, de no implicarte emocionalmente en lo que no es real. Es negarte a seguir alimentando el sueño, tal como sucede cuando, en medio de un sueño nocturno, eliges no colaborar con sus figuras ni con sus demandas.
Así, el sosiego no se busca ni se alcanza: se reconoce como lo que siempre ha estado ahí. No necesitas fabricar paz, solo dejar de obstaculizarla con tus expectativas, tus juicios y tu miedo. En la medida en que aprendes a mirar todo como no importante, el sufrimiento desaparece y solo queda la operatividad sencilla y desapegada de quien cumple su función sin cargas emocionales.
Padre, hoy me detengo en tu paz y descubro que nada tengo que hacer para recordar que ya estoy en Ti.
