Hoy mi santidad brilla clara y radiante.
1. Hoy me despierto con alegría, esperando solo las cosas felices que Dios me depare.I
2Solo pido que me lleguen y reconocer que mis invitaciones serán respondidas por los pensamientos a los que las he dirigido.II
3Y cuando acepte mi santidad, solo pediré que me ocurran cosas dichosas.
4Pues ¿para qué me puede servir el dolor?
5¿Qué sentido tiene que yo sufra?
6¿Y de qué me servirían el pesar y la pérdida si hoy me aparto de la locura y acepto mi santidad en su lugar? III
2. Padre,
mi santidad es la Tuya.
2Hoy quiero regocijarme en ella,
y recobrar la cordura mediante el perdón.
3Tu Hijo sigue siendo tal como Tú lo creaste.
4Mi santidad forma parte de mí y también de Ti.
5¿Y qué podría alterar la Santidad Misma?
I Hoy concédete un día dichoso. Haz la prueba sin reservas: evoca en tu mente la idea de santidad y hazla tuya. No es difícil. Tú sabes, en lo más profundo de ti, en qué consiste ser santo, porque la santidad no es algo ajeno ni extraño, sino la condición natural de quien se sabe libre de toda culpa. Y tú puedes sentirte así ahora mismo. Solo se trata de recordar ese estado y asumirlo como propio. No tengas miedo de hacerlo. No será una impostura ni un autoengaño: tienes pleno derecho a reconocerte inocente. De hecho, es la única condición que puedes aceptar con absoluta honestidad.
En verdad eres santo, así que simplemente atrévete a ser tú mismo. Cuando lo hagas, notarás cómo tu corazón se llena de alegría y tu mente se aquieta en la paz de quien nada teme. Esa será tu prueba, la evidencia de que lo que experimentas es real: tu alegría, tu confianza y tu seguridad interior son la señal de tu verdadera identidad. ¿Qué más pruebas podrías necesitar para convencerte de que la santidad es lo que eres y lo que te corresponde?
Cuando entres en este estado, descubrirás con sorpresa que la felicidad que sientes se proyecta sobre todo lo que contemplas. Lo que parecía neutro o sombrío se transformará en luminoso, y los acontecimientos del día se teñirán de dicha y facilidad. Pero hay más: tu santidad no se limita a ti, sino que toca a todos aquellos con los que te encuentras. Su sola presencia se extiende y sana. No tienes que proponerte sanar, ni forzarte a ayudar, ni planear nada: basta con que reconozcas tu propia inocencia y la asumas como real. Ella actuará por ti, y lo hará de un modo natural y sin esfuerzo, porque la santidad no conoce obstáculos.
Tú no necesitas añadir nada, ni corregir nada, ni arreglar a nadie. Solo acoge tu santidad como lo que verdaderamente eres. Ese gesto interior lo hace todo, porque abre la puerta al recuerdo de Dios. Haz la prueba hoy y obsérvalo con sencillez: verás cómo tu día se convierte en un reflejo de la alegría de tu ser.
II Esta línea puede parecer un poco difícil de comprender, y es normal, porque concentra en pocas palabras varias ideas que ya conoces bien, pero ahora las combina de un modo nuevo.
¿Recuerdas la Lección 193?: «Todas las cosas son lecciones que Dios quiere que yo aprenda». ¿Y recuerdas también la enseñanza de que dar y recibir es lo mismo, repetida una y otra vez en el Texto? Pues bien, aquí ambas ideas se funden en una sola: lo que envías con tu mente, eso mismo será lo que recibas, porque lo que das es lo que inevitablemente retorna a ti.
Si comienzas el día enviando pensamientos felices, llenos de confianza y de paz, lo que vivirás serán acontecimientos felices que vendrán como lecciones dichosas que Dios quiere que aprendas.
No se trata de que el Cielo funcione como una oficina administrativa donde se clasifican tus peticiones y, según su carácter, se te conceda alegría o desdicha. No es así. Todo está en tu mente. Lo que experimentas, lo que parece llegar a ti, no es más que la respuesta a la invitación que hiciste previamente con tus pensamientos.
Tu mente es el único escenario en el que todo sucede, y en ella opera sin excepción la Ley de Dios: dar y recibir son lo mismo. Si te reconoces santo y permites que tu santidad brille clara y radiante, esa luz se reflejará en tu sueño y lo volverá claro y radiante.
No hay complicación alguna. En realidad, todo es tan simple como Dios Mismo.
III ¿No te parece maravilloso ser santo? Pues eso, exactamente eso, es lo que eres. Todo lo demás no es más que un sueño insustancial, un espejismo sin fuerza ni poder para alterar tu eterna condición. Nada puede cambiar lo que Dios ha creado perfecto. Sin embargo, sí existe algo que puede velar esa certeza en tu conciencia: tus propios pensamientos. Son ellos los que, cuando les das crédito, te inducen a dudar de tu santidad y a sentirte culpable o indigno.
Por eso, vigila tu mente con dulzura, pero con firmeza. Cada vez que surja en ti un pensamiento oscuro, cualquier idea que te quite la paz, descártala de inmediato y recuerda lo que verdaderamente eres. Hazlo sin demora, no lo prolongues, porque cuanto más rápido regreses a tu condición santa, menos fuerza tendrá la ilusión. Ese gesto, repetido una y otra vez, abre un espacio interior en el que la luz se hace presente y la alegría florece sin esfuerzo.
Hoy, proponte evocar esta idea a lo largo del día: «Soy santo tal como Dios me creó». Al principio puede parecer un simple ejercicio, pero pronto notarás sus frutos. Con la práctica constante, la experiencia de tu santidad se volverá cada vez más accesible y natural, hasta convertirse en un estado habitual de tu mente. Entonces, con una mezcla de alivio y de asombro, te preguntarás cómo fue posible que durante tanto tiempo te trataras tan mal a ti mismo y creyeras en tu indignidad.
Padre, que hoy recuerde con gratitud mi santidad y que nada me aparte de la alegría de ser tu Hijo.
