Puedo elegir cambiar todos los pensamientos que me causan dolor.
1. Las pérdidas no son pérdidas cuando se perciben correctamente.
2El dolor es imposible.
3Ningún pesar tiene causa alguna.I
4Y cualquier tipo de sufrimiento no es más que un sueño.
5Esta es la verdad.
6Al principio se afirma sin estar convencido.
7Y luego, tras repetirse muchas veces, se acepta parcialmente como verdad, aunque con muchas reservas.
8No obstante, poco a poco, se considera cada vez más seriamente.
9Y finalmente se acepta como verdad.
10Puedo elegir cambiar todos los pensamientos que me causan dolor.
11Y hoy quiero ir más allá de las palabras.
12Quiero superar todas mis reservas.
13Y quiero aceptar plenamente la verdad que contienen.
2. Padre,
lo que Tú me has dado no puede causarme daño alguno.
2Por ello, la aflicción y el dolor deben ser absolutamente imposibles.
3Que hoy no deje de confiar en Ti.
4Que acepte solo lo dichoso como los dones que Tú me has concedido,
y que acepte como la verdad solo lo que me hace feliz.
I Reconoce una cosa: tú solo reaccionas a aquello que te dices a ti mismo. Para ti, conocer algo es escuchar lo que tú mismo te cuentas acerca de ello. Miras dentro de ti, absorto en tus pensamientos, y te narras historias que imaginas. Abres los ojos, miras al mundo «exterior» y también te cuentas historias sobre lo que crees ver.
Reconócelo: eres un cuentista. Luego te dices que lo que has contado es verdad, y te lo crees. Y a eso lo llamas «vivir».
Lo más peculiar de todo esto no son las historias en sí, sino el hecho de que siempre pienses que son ciertas, cuando ya has comprobado en innumerables ocasiones que muchas de ellas eran falsas y el resto aún está por ver.
Nada de lo que te dices a ti mismo es verdad; todas tus historias son fantasías. Lo que escuchas es la voz del ego, y así nunca conocerás la Verdad.
La Verdad no es una narración: es experiencia directa, la experiencia de Ser, de existir, y eso está más allá de cualquier palabra.
Ni siquiera cuando oyes la Voz del Espíritu Santo estás escuchando la Verdad en su plenitud, sino la interpretación más benévola y útil del sueño que todavía te afecta.
Ninguna historia, por santa que parezca, puede transmitirte lo que eres, porque la Verdad no se «cuenta», se reconoce y se experimenta. Por eso nadie puede contarte jamás quién eres: tú eres la Verdad, y la Verdad solo se puede ser.
Comprende que todo sufrimiento nace de estas historias falsas con las que alimentas tu mente. Te resulta difícil aceptar que no puedes perder nada, que el dolor no existe y que todo sufrimiento no es más que una fantasía, porque todavía te identificas con un cuerpo que parece vivir en un mundo cambiante y lleno de amenazas. Esa identificación es el sueño de la separación. Pero tienes un poder absoluto: el de concederte los pensamientos que quieras, y de retirarlos cuando veas que te hacen daño.
De hecho, ya lo haces todo el tiempo, aunque de manera inconsciente. Hoy, simplemente, se te invita a hacerlo de forma deliberada. Vigila tu mente, pero no solo observes: responsabilízate de lo que piensas. Descarta sin miramientos los pensamientos teñidos de miedo o de ira, porque no te sirven para nada. No los toleres: te roban la paz y oscurecen tu corazón. Y en su lugar, pide con confianza una nueva interpretación, la mirada limpia del Espíritu Santo. Él siempre responderá, y su respuesta puede ser un gran alivio o apenas un susurro de consuelo, pero bastará para recordarte que no estás solo.
Cuanto más ejercites esta práctica, más rápida será tu capacidad de soltar las interpretaciones dolorosas. Tu entrenamiento mental consiste en aprender a elegir de nuevo, una y otra vez, hasta que llegue el día en que tu mente, por hábito, ya no tolere pensamientos que te dañen. Ese será el comienzo del mundo real: cuando, aun dentro del sueño, hayas aprendido a soñar feliz.
Padre, hoy elijo con firmeza cambiar todo pensamiento que me causa dolor y abrir mi mente a la luz de Tu Amor.
