Mi verdadera Identidad reside en Ti.
1. Padre, hice una imagen de mí mismo, I
y es a eso a lo que llamo el Hijo de Dios.
2Mas la Creación es como siempre fue, pues Tu Creación es inmutable.
3No quiero adorar ídolos.
4Yo soy Aquel que mi Padre ama.
5Su Santidad sigue siendo la luz del Cielo y el Amor de Dios.
6¿Cómo no va a estar a salvo lo que Tú amas?
7¿No es acaso infinita la luz del Cielo?
8¿Cómo no va a ser mi verdadera identidad ser Tu Hijo,
cuando Tú creaste todo lo que existe?
2. Ahora somos uno en una Identidad compartida, pues Dios, nuestro Padre, es nuestra única Fuente, y todo lo creado forma parte de nosotros.
2Y así bendecimos todas las cosas y nos unimos amorosamente al mundo entero, al cual nuestro perdón ha hecho uno con nosotros.
I Ciertamente tienes una idea precisa de ti mismo. Si alguien con quien te encuentras por primera vez te pregunta quién eres, seguramente comiences a contarle un montón de cosas sobre ti que recuerdas de tu pasado. Quizás hables de tus aptitudes, tu trabajo, tus gustos, tus relaciones, tus miedos o tus deseos.
Todo eso son historias sobre ti que no solo les cuentas a otros, sino que también te repites a ti mismo y, además, te las crees. Quizás pienses que eres honesto y sincero, y que todo lo que cuentas es verdad, pero lo único cierto es que eso es verdad solo para ti.
Esas creencias constituyen los argumentos con los que intentas demostrar que tienes razón, pero ¿qué significa tener razón?
Piensa en ello: solo tienes aquello que puedes dar, y tus creencias no las puedes compartir porque no son más que ilusiones. Puedes presentarlas, puedes imaginar que otros las comparten contigo, y quizá ellos lo crean también, pero eso no pasa de ser apariencia.
Cada persona construye sus propias creencias sobre ti, diferentes de las tuyas y, por tanto, igualmente ilusorias.
La imagen que tienes de ti mismo es una ilusión, así que no le des importancia. Como en este mundo no puedes andar sin algún tipo de identidad, piensa en ella como en un traje que usas para desempeñar un papel. No importa cuál sea, todas son igual de falsas y cambiantes. Úsalas sin tomártelas en serio, como disfraces que en nada afectan a tu ser real. Porque tú eres el Hijo de Dios, santo, puro, ilimitado y eterno.
Dentro de muy poco se te propondrá que adoptes un nuevo “traje”, muy distinto a los que has usado hasta ahora: el de la santidad. Ese sí te sienta bien, porque refleja lo que verdaderamente eres.
Padre, mi verdadera identidad está en Ti, y hoy quiero despojarme de todo disfraz para revestirme de Tu santidad.
