El feliz desenlace de todo está asegurado.
1. Las promesas de Dios no hacen excepciones.
2Y Él garantiza que todo acabará en dicha.
3Pero depende de nosotros cuándo lleguemos a ello, cuánto tiempo estemos dispuestos a permitir que una voluntad ajena parezca oponerse a la Suya.I
4Pues mientras pensemos que esa voluntad es real, no hallaremos el final que Él ha dispuesto para la resolución de todos los problemas que percibimos, de todas las pruebas por las que pasamos y de todas las situaciones a las que nos enfrentamos.
5Sin embargo, el final es indudable.
6Pues la Voluntad de Dios se cumple en la tierra y en el Cielo.II
7Buscaremos y encontraremos ese final tal como dispone Su Voluntad, la Cual también garantiza que nuestra voluntad se cumple.
2. Te damos gracias, Padre,
por garantizar que todo acabará en dicha.
2Ayúdanos a no interferir,
pues así retrasamos el feliz desenlace que Tú nos has prometido
para cada problema que podamos percibir
y para cada prueba que pensemos que aún debemos afrontar.
I El final de los tiempos depende de tu voluntad, porque el tiempo es una ilusión, y tú eres el amo y señor de lo ilusorio. Tu voluntad lo puso en marcha, y tu voluntad le pondrá fin.
Amar es respetar absolutamente, y Dios te ama y respeta absolutamente tu voluntad y tu libertad. Por eso, tu voluntad se cumple siempre, pues Dios así lo dispuso cuando te creó. Crees que quisiste separar tu voluntad de la Suya, y esa creencia dio lugar a que soñaras lo imposible. Tu voluntad y la de Dios son Una, pues son la Misma Voluntad, aunque tú puedas creer lo que quieras.
Eso que crees vivir no es tu verdadera Vida, sino tus creencias. De ahí surgieron para ti el tiempo y el espacio, que no son más que la manera en la que te relacionas con tus delirios. Vives en Dios, pero crees vivir en la “dimensión” espaciotemporal, y a eso lo llamas “mundo”. Tus fantasías no son reales, pero para ti lo son, y permaneces absorto y ensimismado en ellas.
El tiempo que concebiste tuvo un comienzo, y eso fue lo más extraño que hiciste, pues en la eternidad de la existencia la noción de comienzos y finales es inconcebible. Y esa idea se refleja en todo lo que crees ver en tu sueño, donde todo está en permanente transformación: naciendo y muriendo en el eterno presente. Por eso, en el sueño del mundo nada es estable ni permanente, y todo nace y muere en tu conciencia a cada instante, pues en ella todo cambia sin cesar.
El Cielo —tu hogar y la única Realidad— no es así. Sin embargo, en la conciencia imaginaria que inventaste para experimentar la separación lo permanente es un anhelo, no una realidad. Mas no te preocupes por ello, pues todo lo que comienza acaba, y lo mismo ocurre con tu tiempo imaginario: tendrá su final del mismo modo en que comenzó, cuando tú lo dispongas.
No es que Dios haya previsto que todo acabe bien, pues Dios no conoce ni comienzos ni finales. La Voluntad de Dios es una y eterna, y eso es lo que siempre ha sido y será. Lo que ocurrirá es simplemente que, cuando dejes de querer lo que ahora quieres, tu sueño se disipará y despertarás en tu Padre, en la Felicidad Misma. Aquí, aún en la ilusión, eso es lo que llamas “el feliz desenlace”.
Levanta las manos ahora mismo y abandona tu necesidad de controlar “tu vida”. No interfieras con la Realidad, y ruega por el pronto retorno de la sensatez a tu mente. Tus oraciones serán escuchadas y atendidas, y tu voluntad se volverá a cumplir, como siempre ha sido. Y no te preocupes por nada, porque toda preocupación es miedo, y el miedo es precisamente el combustible con el que alimentas tu sueño. La ausencia de miedo precipita tu despertar.
El desenlace feliz está asegurado, pero tú decides el “cuándo”. El único poder que realmente tienes en la ilusión es sobre el tiempo: puedes prolongarlo indefinidamente, distraído por el ego, o colapsarlo con tu voluntad enfocada en Dios. Así lo hacen los santos, que viven con urgencia espiritual. Santa Teresa, por ejemplo, expresaba continuamente su deseo de no volver atrás después de haber experimentado la unión con Dios: toda su voluntad estaba volcada en apresurar ese encuentro definitivo. Esa prisa santa es lo que acorta el tiempo y lo convierte en un simple medio de aprendizaje acelerado.
El Curso mismo se llama una “aceleración celestial”: no cambia el final —pues ese ya está garantizado—, pero sí reduce al mínimo el tiempo que tardamos en aceptarlo.
II Mateo 6:10 «Venga a nosotros tu Reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo».
Padre, que hoy recuerde que el final feliz está asegurado y que solo mi voluntad puede colapsar el tiempo que me separa de Ti.
