Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente.
1. La idea de hoy es el trampolín hacia la visión.
2Por medio de esta idea, el mundo se abrirá ante ti, y al contemplarlo verás en él algo que nunca antes habías percibido.I
3Lo que solías ver ya no será siquiera vagamente visible para ti.II
2. Hoy nos enfocamos en utilizar un nuevo tipo de proyección.III
2No intentamos deshacernos de lo que no nos gusta viéndolo fuera de nosotros.IV
3En lugar de eso, intentamos ver en el mundo lo que está en nuestra mente y reconocer que ciertamente está ahí.V
4De este modo, buscamos unirnos a lo que vemos, en lugar de mantenerlo separado de nosotros.VI
5Esta es la diferencia fundamental entre la visión y tu forma habitual de ver.VII
3. La idea de hoy debe practicarse con la mayor frecuencia posible a lo largo del día.
2Repítela lentamente para tus adentros cada vez que la recuerdes, mientras miras a tu alrededor e intentas darte cuenta de que esta idea es aplicable a todo lo que ves ahora, o podrías ver si estuviera al alcance de tu vista.
3La visión verdadera no está limitada por conceptos como «cerca» y «lejos».
4Para ayudarte a acostumbrarte a esta idea, al aplicar la lección de hoy intenta incluir tanto cosas que están más allá de lo que tus ojos pueden ver como aquellas que puedes observar directamente.
4. La visión verdadera no solo no está limitada por el espacio o la distancia, sino que tampoco depende en absoluto de los ojos del cuerpo.
2Su única fuente es la mente.VIII
3Para facilitar tu adaptación a esta idea, aplícala también con los ojos cerrados, enfocándote en cualquier tema que se te ocurra y mirando hacia tu interior en lugar de hacia afuera.
4La idea de hoy es igualmente aplicable de ambas maneras.
I Imagina que tu mente es un cine, una sala donde se proyecta una película que se titula “Mi vida personal”. En este cine hay un proyector con una potente lámpara que emite una luz (el Amor de Dios) que atraviesa una película compuesta de fotogramas (momentos de presente) con unas manchas (juicios) que ocultan parcialmente esa luz. El resultado es la proyección de la película (mi vida personal) sobre una pantalla (la conciencia), con la que yo, el espectador sentado en el patio de butacas (la idea que tengo de mí mismo), me identifico por completo. Y así, según sean las escenas de la película, a veces río y a veces lloro. En realidad, los ojos del espectador solo contempla un juego de luces y de sombras, ausencias de luz, ausencias del Amor de Dios.
La Lección de hoy nos propone descartar (perdonar) esas ausencias, que por su propia condición ausente no tienen entidad real, y fijarnos únicamente en el Amor de Dios subyacente a todo lo que percibimos.
Date cuenta de que sin ausencias de luz, sin ausencias de amor, no se configura ninguna historia en la pantalla; no hay película. Eso es lo que significa “el mundo no existe”, pues el mundo es precisamente la historia que surge en la conciencia al considerar ausencias de realidad. El “mundo real”, ese mundo feliz del que Jesús nos habla, que veremos justo antes de despertar a nuestra verdadera identidad y que es el resultado de ver un mundo perdonado, aparece en nuestra mente cuando retiramos de la historia que estamos interpretando sus componentes de miedo y de culpa, que son la “tinta negra” que oscurece los fotogramas de la película que creemos ver.
Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente, y eso es lo único real que ahí se encuentra. El resto son solo fantasías concebidas al considerar inexistentes ausencias.
II Esto no significa que mientras creas estar en el mundo dejarás de ver formas —ilusiones—. Lo que significa es que las perdonarás y dejarás de interpretarlas en los términos en que lo has hecho hasta ahora, y entonces verás un mundo perdonado, un mundo que aparece ante ti apenas perfilado por una “tinta gris” casi transparente, «el mundo real». Ahora toda tu atención está puesta en la luz subyacente, lo único real de esa escena.
Cuando tomes plena conciencia de tu verdadera identidad como Hijo de Dios, finalmente dejarás también de ver las formas y el mundo desaparecerá, pues solo era una ilusión, el sueño de que el Hijo de Dios podía estar separado de su Padre.
III Las ideas que se nos han presentado en las primeras Lecciones nos han enseñado que el mundo que creemos ver es tan solo una «proyección» de los deseos y temores de nuestra mente: todo eso no es real; nada de lo que proyectamos lo es. En esta Lección vamos a intentar «proyectar» algo real por primera vez, de hecho, lo único que es verdaderamente real: el Amor de Dios.
IV Esta es una formulación esencial sobre la visión: creemos ver fuera de nosotros lo que es impropio de nuestras santas mentes —las formas— y que en realidad no queremos, y la prueba de que no lo queremos es precisamente verlo fuera. En verdad no amamos las ilusiones, las rechazamos al considerarlas algo ajeno a nosotros mismos al verlas en un ámbito exterior imaginario. No queremos siquiera nuestro propio cuerpo, por eso lo hemos expulsado de nuestra mente. En verdad, no queremos nada del mundo de las formas.
V No hay palabras que puedan describir la experiencia de albergar la idea de Dios en la mente. Simplemente, no hay palabras. Es una experiencia tan sumamente reconfortante y absoluta que disuelve toda preocupación, e incluso el sentido de identidad personal: el ego.
VI La «proyección» es un recurso de la mente para separarse de algo que concibe asignándole el atributo de estar fuera de ella misma. Ahora, sin embargo, esta nueva forma de proyectar reconoce que lo que vemos es real y se encuentra en nuestro interior, de hecho, es lo que somos. A esta «proyección» el Curso la llama «extensión», y es la dinámica propia de la Creación.
VII La visión de los ojos del cuerpo no es otra cosa que constatar que aquello que ves es diferente a ti, pero la verdadera visión da fe de que todo lo que ves eres tú, y a eso el Curso lo llama «Conocer».
VIII Lo que se entiende como «ver» con los ojos del cuerpo, en realidad, no es otra cosa que creer que se ve, y creer es pensar que lo que imaginas es real. Hoy, por primera vez, vamos a imaginar algo que sí es verdad porque es real: la presencia de Dios.
