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LECCIÓN 302

Donde antes había tinieblas ahora contemplo la luz.

1. Padre, por fin estamos abriendo los ojos.

2Tu santo mundo nos aguarda,

pues finalmente hemos recuperado la vista y ahora podemos ver.

3Pensábamos que sufríamos.

4Pero era porque habíamos olvidado al Hijo que Tú creaste.

5Ahora vemos que las tinieblas son fruto de nuestra propia imaginación,

y que la luz está ahí para que la contemplemos.I

6La visión de Cristo transforma las tinieblas en luz,

pues el miedo no puede sino desaparecer cuando llega el amor.

7Haz que hoy perdone Tu santo mundo para que pueda contemplar su santidad,

y comprender que solo es el reflejo de la mía.

2. Nuestro Amor nos aguarda mientras vamos a Él, y también camina a nuestro lado mostrándonos el camino.

2El Amor no fracasa en nada.

3Él es el fin que buscamos, así como el medio por el que llegamos a Él.


I La voluntad es la vocación de la mente, y la vocación de la mente tal como fue creada por Dios es amar. Por eso, el amor es lo único que contempla, pues no ve más que a sí misma, y lo que contempla es lo único que existe.

La mente, sin embargo, puede concebir imposibilidades y tomarlas por reales. Así fabrica tinieblas a partir de su imaginación, olvidando que la luz siempre está ahí. Recuperar la vista no requiere esfuerzo ni acción positiva, sino dejar de hacer: soltar los juicios, dejar de escuchar las historias del ego que justifican el miedo y la culpa, y permitir que la visión de Cristo transforme la oscuridad en luz. El miedo no puede sino desaparecer cuando llega el amor.

Este proceso es más sencillo de lo que parece, aunque tú lo vivas como difícil porque estás habituado al esfuerzo y a la complejidad. Se trata de concederte un descanso: reposar en la confianza de que nada malo puede sucederte, salvo las fantasías que tú mismo te cuentas. Abrir los ojos es, en última instancia, perdonar al mundo y reconocer que su santidad es un reflejo de la tuya.

Las lecciones del Curso cumplen aquí una función semejante a una historia que te coloca en resonancia con tu ser verdadero. Al leerlas de corazón, tu mente vibra en el nivel del amor, la certeza y la luz. Esa resonancia es el punto de partida: el ejercicio consiste luego en conservar ese estado emocional el mayor tiempo posible durante el día. Cada vez que lo intentas, aunque dure poco, el hábito se refuerza.

Además, lo que das a otros desde ese estado luminoso regresa a ti: tu presencia influye en quienes te rodean y ellos te recuerdan, incluso en tus momentos de debilidad, quién eres en verdad. Por eso Jesús insiste en que seamos trabajadores activos: recibir la luz y darla, porque al darla se consolida en nosotros.

Padre, que hoy descansemos de todo esfuerzo y aprendamos a permanecer en Tu luz, compartiéndola con todos los que encontremos.