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LECCIÓN 303

Hoy nace en mí el santo Cristo.I

1. Velad conmigo, ángeles, velad conmigo hoy.

2Que todos los santos Pensamientos de Dios me rodeen y permanezcan muy quedos a mi lado mientras nace el Hijo del Cielo.II

3Que los sonidos terrenales se acallen y las escenas a las que estoy acostumbrado desaparezcan.

4Que se le dé la bienvenida a Cristo ahí donde se encuentra en Su hogar, y pueda oír sonidos que Él comprenda, y ver únicamente escenas que muestren el Amor de Su Padre.

5Que no siga siendo un extraño aquí, pues hoy Él ha vuelto a nacer en mí.III

2. Tu Hijo es bienvenido, Padre.

2Ha venido a salvarme del malvado ser que yo hice.

3Él es el Ser que Tú me has dado.

4Él es lo que yo realmente soy.

5Él es el Hijo que Tú amas sobre todas las cosas.

6Él es mi Ser tal como Tú me creaste.

7Cristo no puede ser crucificado.

8A salvo en Tus Brazos recibiré a Tu Hijo.


I Esta preciosa Lección fue dictada el 22 de diciembre de 1970, poco antes de la Navidad.

II Cuando reconozcas en ti las señales de ansiedad o perturbación, detente, siéntate en calma, cierra los ojos y entra en la quietud de tu mente: estarás invitando al santo Cristo a instalarse en Su hogar, estarás invocando la paz y la sanación. No hace falta imponerse rutinas rígidas de meditación, pero sí mantenerte vigilante ante tus estados de ánimo y dispuesto a seguir la indicación del Espíritu Santo para recuperar la paz. Esa mínima dosis de buena voluntad es lo que abre la puerta a Su Voz y permite que Él ordene tus pensamientos y serene tu corazón cuando el sueño del mundo haya dejado huella en ti.

El ego intentará colarse también aquí, disfrazando con propuestas “espirituales” su afán de control, haciéndote creer que procura tu despertar mediante esfuerzos, disciplinas o exigencias. Pero soñar que trabajas arduamente en tu santidad sigue siendo soñar con el ego. El camino verdadero no es arrogancia, sino receptividad humilde: reconocer que no sabes nada, que por ti mismo no puedes nada, y abrirte a Aquel que lo sabe todo.

De ahí la belleza de esta lección: no habla desde la arrogancia de proclamarse ya Cristo, sino desde la sencillez del ego que reconoce su miseria y dice con honestidad: «Cristo ha venido a salvarme del malvado ser que yo hice». La verdadera humildad no consiste en engrandecer la imagen personal, sino en disponerse a darle la bienvenida al Cristo para que Él ocupe el lugar del ego. Este es el único acto que se nos pide: abrirnos, receptivos, a Su Presencia.

El Espíritu Santo nunca falla: cuando lo invocas en tu interior, Él te recuerda que formas parte del santo Cuerpo de Cristo, donde todo y todos son Uno en Dios. Por eso, no toleres en ti otra cosa que la paz. Sin ella, cualquier empeño será un extravío y acabará en frustración. Haz de la paz tu única condición previa, tu única meta.

III Juan 3:3 «Respondió Jesús y le dijo: “Te aseguro que el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios”».

Juan 3:7 «No te maravilles de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”».

Cristo, ven hoy a salvarme de mí mismo, y que mi única respuesta sea darte la bienvenida.