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LECCIÓN 308

Este instante es el único tiempo que existe.

1. La noción que tengo del tiempo me impide lograr mi objetivo.

2Si mi elección es trascender el tiempo para alcanzar la intemporalidad, debo cambiar mi percepción de para qué sirve el tiempo.

3La finalidad del tiempo no puede ser mantener la continuidad entre el pasado y el futuro.

4El único intervalo en el que me puedo salvar del tiempo es ahora.

5Pues en este instante ha llegado el perdón para liberarme.I

6Cristo nace ahora, sin pasado ni futuro.

7Ha venido a traerle al mundo Su bendito presente, que lo restaura a la intemporalidad y al amor.

8Y así, el Amor está por siempre presente, aquí y ahora.

2. Gracias por este instante, Padre.

2Ahora es cuando soy redimido.

3Este instante es el tiempo que Tú has designado para la liberación de Tu Hijo,

y para la salvación del mundo en él.


I El presente es santo porque es real. El presente existe. El presente es.

El pasado y el futuro no son más que historias que te cuentas a ti mismo y con las que ocupas tu mente en el presente. A eso lo llamas «recordar» y «planificar», pero no son más que caprichosas fantasías a las que recurres para gestionar tus miedos y tus deseos.

Usas el presente para rebuscar en el pasado dolores y placeres que quieres rehuir o procurar en el futuro, y basándote en esas estimaciones emprendes todas tus actividades. En eso inviertes tu precioso tiempo. Rara vez abres tu mente sin prejuicios a lo que la vida te puede ofrecer en este preciso instante.

Sabes bien que el pasado y el futuro solo existen en tu imaginación; sin embargo, te niegas a abandonarlos. ¿Te has preguntado alguna vez por qué? ¿Qué de bueno esperas conseguir entreteniendo tu santa mente con tiempos inexistentes mientras desatiendes el presente eterno? ¿No te das cuenta de que así desperdicias el tiempo? Si el tiempo ha de servir para algo, desde luego no ha de ser para eso.

El presente es santo, y en él se encuentra la salvación, pues el presente es la expresión de la inocencia y el perdón en el tiempo. El presente liquida inexorablemente los juicios culpables, pues todos ellos desaparecen en la nada de un pasado que ya no existe. El presente aparece lleno a rebosar de dones que hacen completamente innecesarias las improbables expectativas de un futuro imaginario, pues lo que el presente te ofrece es real y está ahí, ante ti, y para ti. Toma los dones del presente con agradecimiento, pues son perfectos, bellos e impecables, y traen consigo el aroma de lo recién nacido.

El presente es la manifestación de la noción de oportunidad. Acaba de ser creado para ti, y te llega sin juicios ni significados para que tú le impartas tu bendición. No escribas nada en las páginas inmaculadas del presente; en lugar de eso, mira con la visión de Cristo y verás el Amor de Dios palpitando por doquier. Y contemplando el presente con benevolencia, comprenderás que todo el amor que en él depositas te es devuelto multiplicado.

Lo decisivo es comprender que tu única responsabilidad es el presente. Todo lo demás son fantasías que te encadenan. El pasado y el futuro son relatos que fabricas ahora mismo: pensamientos que se cuentan en el presente acerca de un ayer que ya no existe y de un mañana que aún no ha llegado. Esos relatos están teñidos de miedo y de culpa, pero nunca pertenecen al instante en que vives.

El presente, en cambio, es inocente. En él no hay problemas, porque todo problema es siempre un recuerdo del pasado o una anticipación del futuro. El presente es el tiempo de la acción y de la libertad, el tiempo de la inocencia y de la oportunidad. Es el único lugar donde Cristo nace en ti, sin historia, sin amenazas y sin culpas.

Y para entenderlo mejor, piensa en el chiste del obrero que se precipita desde lo alto de un andamio y, al pasar por una ventana, alguien asomado le pregunta: «¿Cómo va eso?». Y él responde: «¡Por ahora va bien!». Esa es la enseñanza del presente: mientras permanezcas en él, siempre va bien, pues no hay culpa ni problema alguno que pueda alcanzarte. Solo cuando proyectas hacia adelante tu miedo —«me voy a estrellar en unos segundos»— aparece la angustia. Pero en el instante presente, incluso en medio de la caída inevitable, todo está en paz.

El presente es el umbral de la eternidad y el hogar de la paz.

Padre, gracias por este instante, porque ahora soy redimido y tu Amor me devuelve al gozo de ser.