Hoy no tendré miedo de mirar dentro de mí.
1. Dentro de mí se encuentra la Eterna Inocencia, porque es la Voluntad de Dios que esté ahí por siempre jamás.I
2Y yo —Su Hijo, cuya voluntad es ilimitada como la Suya— no puedo querer que esto cambie.
3Pues negar la Voluntad de mi Padre es negar la mía propia.
4Mirar dentro de mí no es sino encontrar mi voluntad tal como Dios la creó, y tal como es.
5Temo mirar en mi interior porque pienso que yo hice otra voluntad que no es verdadera, y la hice real para mí.
6Pero esa voluntad no tiene efectos.
7Dentro de mí se halla la Santidad de Dios.
8Dentro de mí está el recuerdo de Él.
2. El paso que doy hoy,
Padre mío,
es mi segura liberación de los vanos sueños de pecado.
2Tu altar se alza sereno e impoluto.
3Es el santo altar de mi propio Ser,
y es ahí donde encuentro mi verdadera Identidad.
I Reconoce que la idea que tienes de ti mismo es bastante mala. Quizás a veces te contemples con ojos más benévolos, pero tu corazón te dice claramente que hay algo en ti que no anda bien, y en cierto modo tu corazón no te engaña: hay algo en ti que está profundamente equivocado y te amarga la vida. Ese malestar, sin embargo, no proviene de lo que tú eres, sino de lo que crees ser.
Debería sorprenderte, si lo examinaras con absoluta honestidad, que nunca hayas cuestionado la idea que tienes de ti mismo. Eres capaz de creértela y tomarla como cierta, aun cuando te disminuye, te deprime y te causa dolor, en vez de considerar la posibilidad de que puedas estar totalmente equivocado. Eres incapaz de admitir lo ilimitado en ti, mas tu credulidad ciertamente es ilimitada.
Te crees sin objeción alguna lo primero que tu ego te presenta, pues en tu ilimitada arrogancia piensas que esa pequeña mente con la que te has identificado es también fuente de ilimitada sabiduría. ¿No ves la contradicción? Tú, que te percibes limitado, crees disponer de una omnisciencia absoluta que te lleva a pensar que siempre tienes razón.
Reconoce al menos lo difícil que te resulta aceptar que puedes estar equivocado contigo mismo. Ese reconocimiento es ya un comienzo de cordura. Sé humilde y consecuente con ese poco de lo que sí eres consciente.
La parte de tu mente desde la cual te juzgas es muy limitada; eso es un hecho. Pero ¿es eso lo que eres? Ese ser estrecho y castigador con el que te identificas es tu ego, mas tú no eres eso. Puedes comprobar que en toda apreciación de ti mismo hay un elemento común: su carácter punitivo. Te condenas por una supuesta culpa ancestral que no recuerdas, como si hubieras cometido un pecado antiguo.
No temas mirar hacia dentro. No encontrarás nada punible. Vendrán a tu memoria recuerdos de errores y fracasos del pasado, pero no te equivoques de nuevo: eso ya no existe. Todos tus pecados han sido perdonados, porque nunca lo fueron. Simplemente usaste mal tu mente, tomando decisiones que no te correspondía tomar. Tu ego nunca supo qué hacer con tu vida, pero con frecuencia escuchaste su voz y seguiste sus consejos.
Deja de hacerlo ahora. Escucha la Voz que habla por Dios y que te ofrece un mensaje de paz y de redención. Esa Voz te brindará siempre una interpretación amorosa y feliz de tu vida, y bajo esa luz tus problemas se disolverán. Perdónate. Date la oportunidad de hacerte justicia. Aprende a distinguir las historias de miedo y condena que tu ego te susurra de la dulce verdad que el Espíritu Santo te comunica cuando lo atiendes.
Dentro de ti se halla la Santidad de Dios, que es también la tuya. Al mirar en tu interior, no te encuentras con un “otro yo” culpable ni con un enemigo oculto, sino con tu propia Voluntad unida a la de Dios, inocente y plena. Comprende que lo que percibes fuera no son más que proyecciones de la historia que el ego te ha contado sobre ti mismo.
Percibir es proyectar: cuando ves culpabilidad en el mundo, en realidad estás contemplando la condena que todavía sostienes sobre ti. Dejar de creerte esas historias —historias de pecado, de pérdida o de indignidad— es el primer paso hacia la libertad.
Todo lo que conoces del mundo no es más que un relato que tu mente fabrica con símbolos y palabras. No es realidad, sino ficción. Pero en ti permanece intacta la inocencia de Dios, esperándote. Perdonar es reconocer que esas historias no tienen fundamento, que no son más que un sueño. Y, al soltar la historia que te cuenta tu ego, surge la verdad: eres tal como Dios te creó, y en tu interior no hay nada que temer.
Padre, hoy entro sin miedo en mí mismo, y allí descubro Tu Santidad, que es también la mía.
