Hoy mi día transcurre sin miedo y lleno de amor.
1. Quiero pasar este día Contigo,
Padre mío,
tal como Tú has dispuesto que han de ser todos mis días.I
2Y lo que hoy experimentaré no tiene que ver con el tiempo en absoluto.
3La dicha que hoy me embarga no tiene que ver con los días ni con las horas,
pues le llega a Tu Hijo desde el Cielo.
4Este día será Tu dulce recordatorio para que me acuerde de Ti,
para que recuerde Tu amorosa Llamada a Tu santo Hijo,
para que recuerde que me has concedido Tu Gracia,
y para que recuerde que Tu Voluntad es que hoy sea libre.
2. Este día lo pasamos juntos, tú y yo.
2Y todo el mundo se unirá a nuestro canto de gratitud y dicha a Aquel que nos salvó y nos liberó.
3Hemos sido restaurados a la paz y la santidad.
4Hoy no hay lugar en nosotros para el miedo.
5Pues le hemos dado la bienvenida al amor en nuestros corazones.
I Hoy puedes tener un gran día; uno en que vivas a lo grande. Hoy es el día en que puedes escapar de la pequeñez de este mundo tuyo.
Mira con honestidad cómo pasan tus días; observa a qué dedicas tu tiempo y tu energía. ¿No percibes que, a menos que estés embelesado con un absurdo objetivo mundano, te invade una vaga desazón, un sentimiento difícil de expresar que te deja con la sensación de que te estás perdiendo algo? ¿No echas de menos una plenitud que nada aquí te ha dado?
Piensa bien en ello. Fíjate con atención en qué estás alimentando tu mente, y verás que eso con lo que la nutres no es lo que verdaderamente necesita ni lo que en lo más hondo desea. Le pides a tu mente santa que se ocupe de lo trivial y pasajero, de lo que hoy es y mañana desaparece. Ella te obedece resignada, pero ¿cómo va a ser feliz con semejante alimento, siendo como es creación de Dios?
Dedícala hoy a algo diferente, ofrécele un mejor sustento. No la entregues a las pequeñeces del mundo. Hoy, consagra tu mente a Dios. Piensa en tu Padre con frecuencia, pronuncia Su Nombre en tu interior, llámale, háblale. Cuéntale lo que quieras: tus miedos, tus nimiedades, tus fantasías. Aunque Él no las oye porque no existen, sí escucha tu amor cuando te diriges a Él, y se complace en devolvértelo multiplicado por Su Magnificencia.
Siempre que pienses en Dios estás usando bien tu mente. No importa si lo que expresas es verdad o ilusión, gratitud o reproche. Nada de eso importa. Lo único que importa es que tu mente se haya vuelto hacia Él, pues eso basta para que la comunicación se restablezca y Su luz se abra paso.
Todo tiempo dedicado a Dios es sanador. Puede que comiences contándole tus problemas, pero si mantienes tus ojos y tu corazón en Él, verás disolverse esas sombras en la nada que son. Ninguna ilusión puede resistir la luz, y la luz de tu Padre no es cualquier luz: Él es la Luz.
Deja que tu mente hoy se libere de las distracciones del mundo y se eleve hacia lo abstracto, hacia lo que no tiene forma ni palabras, hacia lo eterno. Deja que regrese por un momento a lo Real y descubra lo que siempre estuvo allí.
Y cuando lo hagas, recuerda también que todo depende de un gesto de tu mente: el gesto de acordarte. La vigilancia interior consiste en recordar, una y otra vez, quién eres y a Quién perteneces. Cada vez que pierdas la paz, no indagues en las causas, no alimentes la historia que tu ego te cuenta: basta con que te acuerdes. Ese simple gesto rompe la cadena del miedo y devuelve al instante la serenidad que es tu herencia. La historia que te llevó al malestar no importa: al recordarte, todo se disipa.
La vigilancia mental no es un esfuerzo vacío; es el camino práctico para mantenerte en paz aquí y ahora. Y cada vez que lo haces, eliges el amor en lugar del miedo, y tu día transcurre sin temor y lleno de amor.
Padre, hoy quiero acordarme de Ti a cada instante, y en Tu recuerdo recuperar la paz que jamás se pierde.
