Nuestro repaso hoy incluye lo siguiente: L-26 a L-30
1. L-26 «Mis pensamientos de ataque están atacando mi invulnerabilidad».I
2¿Cómo puedo saber quién soy cuando me veo sometido a un ataque constante?
3El dolor, la enfermedad, la pérdida, la vejez y la muerte parecen acecharme.
4Todas mis esperanzas, deseos y planes parecen estar a merced de un mundo que no puedo controlar.
5Mas la seguridad perfecta y la completa plenitud son mi herencia.
6He tratado de intercambiar mi herencia por el mundo que veo.II
7Pero Dios la ha salvaguardado para mí.
8Mis propios Pensamientos reales me enseñarán cuál es mi herencia.
2. L-27 «Por encima de todo, quiero ver».III
2Al reconocer que lo que veo es un reflejo de lo que creo ser, me doy cuenta de que mi mayor necesidad es la visión.
3El mundo que veo da testimonio de la naturaleza temible de la imagen que he forjado de mí mismo.
4Si he de recordar quién soy, es esencial que abandone esa imagen de mí mismo.
5Cuando sea reemplazada por la verdad, con toda seguridad se me concederá la visión.
6Y con esa visión contemplaré el mundo y a mí mismo con caridad y amor.
3. L-28 «Por encima de todo, quiero ver las cosas de otra manera».IV
2El mundo que veo sustenta la imagen temible que tengo de mí mismo y garantiza su permanencia.
3Mientras siga viendo el mundo tal como lo veo ahora, no podré ser consciente de la verdad.
4Dejaré que se me abra la puerta que hay tras este mundo, para que pueda mirar más allá de él al mundo que refleja el Amor de Dios.
4. L-29 «Dios está en todo lo que veo».V
2Tras cada imagen que yo he concebido, la verdad permanece inalterable.
3Tras cada velo que he desplegado sobre el rostro del amor, su luz permanece intacta.
4Más allá de todos mis dementes deseos se encuentra mi voluntad unida a la Voluntad de mi Padre.
5Dios sigue estando en todas partes y en todas las cosas por siempre.
6Y nosotros, que somos parte de Él, miraremos más allá de todas las apariencias y reconoceremos la verdad que se encuentra tras todas ellas.
5. L-30 «Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente».VI
2En mi propia mente, tras todos mis descabellados pensamientos de separación y ataque, reside el conocimiento de que todo es uno por siempre.
3No he perdido el conocimiento de quién soy por haberlo olvidado.
4Ese conocimiento ha sido salvaguardado para mí en la Mente de Dios, Quien no ha abandonado a Sus Pensamientos.
5Y yo, que soy uno de Ellos, soy uno con Ellos y Uno con Él.
I Sentirse vulnerable, es decir, pensar que puedes perder o que se puede menoscabar algo que tiene un valor real para ti, socava los cimientos de la confianza, que es la característica fundamental de los maestros de Dios. No puedes perder nada real, porque todo lo real te fue dado por Dios para siempre, y eso no puede cambiar en toda la eternidad.
Sin embargo, es evidente que sí puedes estar confundido respecto a lo que eres y decirte a ti mismo otra cosa. De ahí que este Curso se resuma con el reconocimiento de que «Lo real no corre peligro». Recuerda que «solo tus propios pensamientos pueden afectarte», y tus pensamientos de ataque y condena —que son lo mismo— ciertamente ponen en peligro la idea que tienes de ti mismo en tu mente.
En realidad, tus ataques y condenas no pueden cambiar en absoluto tu verdadera condición de Hijo de Dios, pero sí afectan a tu identidad ficticia, que es todo lo que conoces mientras crees estar en el tiempo. El perdón, e incluso la oración tal como ahora la entiendes, sirven para sanar esa pequeña parte de tu santa mente en la que reside tu ego. Esa parte de tu mente es absolutamente real, pero lo que concibe no lo es.
El propósito de este Curso es precisamente sanar eso. La parte de tu mente donde mora el Espíritu Santo no necesita ninguna sanación.
II En Génesis 25:29-34 se narra la historia de Esaú, que entrega su herencia a cambio de un plato de lentejas.
En este caso, tu herencia es la «perfecta seguridad y la completa plenitud» del Cielo, de la que has intentado desprenderte a cambio del mundo que ahora contemplas.
III Esta es una declaración muy seria. Expresa la firme voluntad de anteponer la verdadera visión a todo a lo que otorgas valor en este mundo. Decir esto de corazón es la expresión de un anhelo profundo; es la verdadera «llamada espiritual». Con esto —como con todo— has de ser muy honesto.
La visión es algo que se le concede indefectiblemente a todo aquel que la desea de todo corazón, y en eso no hay excepciones. Si no ves verdaderamente el Amor de Dios subyacente en todo, es porque prefieres ver otra cosa. Tu falta de honestidad, tu resistencia a reconocer tus auténticas querencias, es lo que te lleva a atacar a este Curso, que es perfectamente honesto; tú no.
La honestidad es una característica básica de los maestros de Dios; de hecho, es la primera en el tiempo. Sin honestidad, no hay nada que hacer. Trabájala antes de nada y pregúntate a ti mismo si, de verdad, lo más importante para ti es la visión. Si no es así, probablemente lo mejor sea que te zambullas en el mundo e intentes alcanzar aquello que consideras más importante que ver. Pronto verás que fue un error, y comenzarás a entender la importancia de la visión para liberar tu mente del sufrimiento inevitable que encontrarás.
Siempre es mejor retroceder en tu camino con los ojos abiertos que avanzar con los ojos cerrados, engañándote a ti mismo. Pero eso no es necesario. En el fondo de tu corazón se encuentra un profundo anhelo por disfrutar de tu legítimo patrimonio. Persevera con humildad y confianza en encontrarlo, y no te será difícil, pues es lo que se halla detrás de todos tus deseos mundanos. Tú, en verdad, quieres eso, pero estás un poco confundido.
IV Esta es la idea que tiene que surgir en tu mente siempre que tu corazón te indique, con su malestar, que estás usando mal tu mente. Pides una nueva interpretación del sueño en el que estás inmerso porque la que tu ego te ha proporcionado te hace sufrir. Estás en tu perfecto derecho de hacer eso, y es lo que te conviene. Si no lo haces, lo que oirás a continuación será la propuesta del ego para «arreglar» esa situación, y eso, inevitablemente, te llevará al desastre… como siempre ha sido.
V Solo los inocentes, los que se saben sin pecado, pueden ver a Dios en todo. Los que se condenan a sí mismos tan solo ven sus propios «pecados» a su alrededor. No te condenes ni condenes; no merece la pena, te sienta mal y no sirve para otra cosa que para hacerte sufrir. Perdona, y verás a Dios.
VI Puedes tener la absoluta seguridad de que esto es así; el asunto es que has reservado una parte de tu mente solo para ti mismo. Lo que te ha llevado a eso es tu propio sentido de importancia personal. La idea que tienes de ti mismo no es importante, porque es absolutamente falsa; no la sostengas, apoyes ni defiendas. En el mismo instante en que abandones todo sentido de importancia personal, te volverás absolutamente inasequible al sufrimiento y disfrutarás de la seguridad y la paz de los verdaderamente humildes.
