Hoy repasaremos estas ideas: L-75 y L-76
1. L-75 «La luz ha llegado».
2. Al elegir la salvación en lugar del ataque, simplemente estoy eligiendo reconocer lo que ya se encuentra ahí.I
2La salvación es una decisión que ya se ha tomado.
3El ataque y los resentimientos no son una opción.
4Por eso, siempre elijo entre la verdad y la ilusión, entre lo que está ahí y lo que no está.
5La luz ha llegado.
6Solo puedo elegir la luz, porque no hay otra alternativa.
7La luz ha reemplazado a la oscuridad, y la oscuridad ha desaparecido.
3. Aquí, algunas formas útiles para aplicar esta idea de manera concreta:
2Esto no puede mostrarme la oscuridad, pues la luz ha llegado.
3La luz en ti es todo lo que quiero ver, (nombre).
4Solo quiero ver en esto lo que realmente hay ahí.
4. L-76 «No estoy sujeto a otras leyes que las de Dios».
5. He aquí la perfecta declaración de mi libertad.
2No me gobiernan otras leyes que las de Dios.
3Estoy constantemente tentado a inventar otras leyes y darles poder sobre mí.II
4Sufro únicamente porque creo en ellas.
5Pero en realidad no me afectan en absoluto.
6Soy perfectamente inmune a los efectos de toda ley, salvo las de Dios.
7Y las Suyas son las leyes de la libertad.
6. Para las aplicaciones concretas de esta idea, te pueden ser útiles las siguientes declaraciones:
2Mi percepción de esto me muestra que creo en leyes que no existen.
3Veo únicamente las Leyes de Dios operando en esto.
4Que sean las Leyes de Dios las que operen en esto, y no las mías.
I ¡La luz ha llegado! Es la exclamación de una mente sana y feliz; es lo que declara aquel que ha perdonado al mundo para concederse a sí mismo la salvación.
Tenía aparentemente ante sí dos opciones: condenar o perdonar. Pero ha elegido bien, ha elegido no escuchar esa voz furibunda que le gritaba desde las tripas cómo tenía que ser la «realidad», y qué defectuosa.
Hasta ahora, y sin darse cuenta, había dado por buenos los preceptos de esa voz áspera, porque era lo primero que llegaba a su mente. Nunca había cuestionado lo apropiado de esa interpretación; de hecho, en su alucinación, ni siquiera se había dado cuenta de que era solo eso: una historia que le estaban contando, o, mejor dicho, una historia que él se estaba contando a sí mismo, porque pensaba que era él quien pensaba así. Pero ¿lo era?
Un día, quizás cansado de tanto sufrimiento, empezó a poner en duda su propio criterio, empezó a dudar de sí mismo. Lo cual, por otra parte, es bastante sorprendente, porque quien duda debe de ser diferente de aquello de lo que duda.
¡Qué confusión! ¿Soy uno o dos?
¡La luz ha llegado! ¡No soy dos! No soy esa voz que me dicta cómo ha de ser la realidad. No soy esa voz que me dice que tengo razón. Tampoco soy la que me dice que no la tengo. Yo no soy ninguna voz, ni tampoco soy nada de lo que ninguna voz me diga que soy.
Yo soy. Punto. ¡La luz ha llegado!
Ya no creo a esa voz. Ya no creo en nada. Ahora la luz ha llegado, y ya no necesito creencias, ni interpretaciones, ni que me cuenten ninguna historia.
¡Ahora veo! Ahora veo la luz y me he quedado sin palabras, me he quedado sin historias, y sin ellas no puedo juzgar ni albergar resentimientos.
Ahora mi corazón está rebosante de dicha, y mi mente está en paz. Soy uno. Yo soy el que es.
II Érase una vez un hombre que buscaba. Érase una vez un coleccionista de normas, de historias y de descripciones. Érase una vez un leguleyo. Érase una vez un hombre con miedo que buscaba leyes que lo gobernaran.
A su mente, en realidad, no le ocurría nada en particular, solo se le introdujo la extraña idea de que necesitaba explicaciones, y por eso se había echado al mundo para encontrarlas.
Las cosas —se decía a sí mismo— no son tan solo cosas, son cosas con explicaciones, pero estas no son evidentes, están escondidas y hay que encontrarlas. Por eso, andaba inquieto por el mundo buscando las descripciones de las cosas.
Las cosas —también se decía— vienen con normas e instrucciones que te dicen lo que son, para qué sirven y cómo hay que usarlas, como los prospectos de los medicamentos.
El pobre hombre andaba un tanto perdido. Se mostraba incierto e inseguro sin algo que le dijera cómo debía vivir. Tenía miedo a la libertad, y la responsabilidad era un concepto que lo hacía enfermar. Le aterraba equivocarse. Tenía miedo a la vida. Tenía miedo a crear. Tenía miedo al amor. Tenía miedo de sí mismo.
Su primer instinto era encontrar un agujero en el que esconderse, y solo se atrevía a salir de noche, con poca luz, mirando frenético por el suelo en busca de algún papelucho con instrucciones sobre algún asunto.
Cuando lo encontraba, se alzaba entusiasmado y comenzaba a gritar a los cuatro vientos lo que allí había escrito, para que todo el mundo se enterara del feliz descubrimiento, y celebraran con él que a partir de ahora ya sabrían a qué atenerse con respecto a alguna tontería.
Y eso no era lo peor. A veces se juntaba con algún otro demente al que encontraba por ahí cargado con bolsas de papeles mugrientos garabateados con normas e instrucciones, y construían entre ellos una extraña amistad basada en valores comunes, como la intolerancia, el rigor y el fanatismo.
La demencia compartida se multiplica y se vuelve cruel y agresiva. Y es entonces cuando los locos furiosos se lanzan sobre los ignorantes que aún no han descubierto el perverso placer del miedo a la libertad.
Las Leyes de Dios son las antileyes del mundo. Son leyes que conceden la omnipotencia y lo ilimitado; Leyes que prohíben terminantemente cualquier cosa que sea menos que todo, y también, de manera imprescindible, aplican de igual manera a todo lo que existe.
Son las Leyes eufóricas de Dios, y, además, son inviolables.
