Mía es la quietud de la Paz de Dios.
1. Tal vez ya estemos preparados para pasar un día en perfecta calma.
2Y si esto todavía no es factible, nos contentaremos y nos sentiremos más que satisfechos de aprender cómo se puede conseguir un día así.I
3Si algo nos perturba, aprendamos a descartarlo y a recobrar la paz.
4Tan solo tenemos que decirnos con certeza:
5Mía es la quietud de la Paz de Dios.
6Y nada podrá entrometerse en la Paz que Dios Mismo ha dado a Su Hijo.
2. Padre,
Tu Paz es mía.
2¿Cómo voy a temer que algo pueda arrebatarme lo que Tú quieres que conserve?
3No puedo perder los dones que Tú me has dado.
4Y por eso la Paz que le diste a Tu Hijo sigue conmigo,
en la quietud y en mi eterno amor por Ti.
I El día que tienes por delante es siempre un reflejo de tu estado mental. Por eso es crucial que, antes de lanzarte a vivirlo, limpies tu mente y la dispongas en calma. Siéntate al comienzo de la jornada en quietud, vacía tu mente de expectativas y abre tu corazón con la única intención de estar receptivo. No necesitas sanarte a ti mismo, esa es la función del Espíritu Santo; basta con que se lo pidas y se lo permitas.
Cierra los ojos, respira despacio y observa. No hagas nada. Tu sola intención es suficiente. Aparta tu mente del pasado y del futuro, despréndete de tus temores y preocupaciones, y descansa en la quietud. Coloca tu atención en el corazón, míralo con ternura, y la ternura llegará a él. Y lo que tu corazón reciba, lo devolverá a tu mente en forma de amor y paz.
Así comenzarás el día fortalecido. Y al final de la jornada, vuelve a entrar en ese silencio, permite que se disuelvan los residuos de lo vivido y deja que sanen las pequeñas heridas que el sueño del mundo haya dejado en ti. Eso es perdonar y eso es sanar.
Cada vez que surja en ti la ira o el miedo, detente. No merece la pena seguir adelante en conflicto. Recógete en la quietud, céntrate de nuevo, y recuperarás la paz. Cada vez que notes que tu estado interior no te gusta, recuerda que has pensado algo que no es verdad y que puedes soltarlo.
Haz de esta práctica un hábito. Dos veces al día, o cada vez que algo te perturbe, dedica unos instantes a entrar en tu interior. Descubrirás que tu vida se llena de sorpresas de amor y de luz, y un día te preguntarás cómo pudiste vivir sin este sencillo gesto de salud mental y espiritual.
La lección declara: Mía es la quietud de la Paz de Dios. Quizás aún no podamos sostener un día entero en calma perfecta, pero ya es más que suficiente aprender cómo se consigue la paz y ejercitarnos en recobrarla cada vez que algo nos perturba. No se nos pide perfección, sino honestidad y práctica.
El método es claro: cuando algo nos inquiete, aprendamos a descartarlo, a dejarlo de lado, y a volver a la paz. Esa es la función de la voluntad bien dirigida: elegir no dar poder a las ilusiones y recuperar la herencia que Dios ya nos ha dado. La quietud no se conquista con esfuerzo, se recuerda con confianza.
Cada vez que decimos con certeza: Mía es la quietud de la Paz de Dios, afirmamos lo único verdadero. Esa paz es ya nuestra, porque Dios la ha puesto en nuestro interior, inmutable, esperando a que la reclamemos.
Padre, tu Paz es mía.
Que nada logre apartarme hoy de la quietud que me has dado.
Amén.
