Que no encarcele a Tu Hijo con mis propias leyes.
1. Tu Hijo es libre,
Padre mío.
2Que no piense que lo he aprisionado con leyes que yo mismo hice para que rigieran sobre los cuerpos.
3Él no está sujeto a ninguna de las leyes que yo he promulgado para proteger el cuerpo.
4Lo que cambia no le cambia.
5No es cautivo de las leyes del tiempo.
6Él es tal como Tú lo creaste,
porque no conoce otra ley que la Ley del Amor.
2. No adoremos ídolos, ni creamos en ninguna ley que la idolatría promulgue para ocultar la libertad esencial del Hijo de Dios.
2Solo sus propias creencias le encadenan.I
3Mas lo que él es está mucho más allá de su fe en la esclavitud o en la libertad.
4Él es libre porque es el Hijo de su Padre.
5Y nada puede aprisionarlo, a menos que la Verdad de Dios pueda ser falsa, y Dios haya dispuesto engañarse a Sí Mismo.
I Toma conciencia de esta gran verdad: tan solo eres prisionero de tus propias creencias. El mundo es real para ti porque crees en él, y lo ves de acuerdo a tu manera de creer. Tu hermano también cree en el mundo, pero a su manera. Y, sin embargo, ambos mundos son caprichosos, fantásticos, irreales: no son más que una ilusión.
¿Qué es el mundo? Una creencia.
¿Qué es el miedo? Una creencia.
Tus pensamientos, cuando les das crédito, cobran apariencia de realidad y acaban por asustarte, aunque no sean más que ficciones. Pero lo mismo ocurre con tus hermanos: también andan amedrentados por las historias que ellos mismos se cuentan. ¿Por qué dar fe a lo que te roba la paz? ¿Por qué consentir que tus creencias sean una cárcel?
Jesús te recuerda que todas las leyes que tú mismo has inventado —leyes del cuerpo, del tiempo, de la enfermedad, del esfuerzo, del sacrificio— son tan solo decretos que tú has promulgado dentro de un sueño, y que no atan en absoluto a tu verdadero ser. Solo tus propias creencias te encadenan, y puedes liberarte de ellas en cuanto decidas no obedecerlas más.
Mientras creas estar en este mundo, solo hay una Ley que conviene obedecer: la Ley del Amor. Ámate, ama a tus hermanos, ama la Creación. Y cuando abandones el sueño, descubrirás que no había nada más que obedecer, porque Amor y Felicidad es lo que tú eres desde siempre.
La lección proclama: “Que no encarcele a tu Hijo con mis propias leyes.” Esta es la súplica del corazón que empieza a despertar: “Padre, no dejes que yo mismo me encadene con mis creencias de separación, limitación y miedo.”
El ego dicta leyes implacables: que el tiempo pasa y destruye, que el cuerpo enferma y muere, que la vida se defiende a costa de competir y atacar. Pero el Hijo de Dios no está sujeto a esas leyes ilusorias. Él es como Dios lo creó: libre, eterno e intacto.
Para entenderlo, sirve de ejemplo un viejo chiste de Chico Marx. En Sopa de ganso, disfrazado de Groucho, intenta convencer a alguien de que le crea a él aunque todo apunte a lo contrario, y le suelta la famosa frase: «¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?». La gracia del chiste está en lo absurdo de la propuesta: ¿cómo fiarse más de un impostor que de la propia vista?
Sin embargo, eso es exactamente lo que Jesús nos pide que hagamos: que confiemos más en su Palabra que en lo que atestiguan nuestros ojos. Porque nuestros sentidos nos muestran un mundo de muerte, enfermedad y separación, mientras que su Palabra nos recuerda que todo eso no es real. Lo cómico en boca de Chico Marx se convierte en lo más serio y liberador en boca de Jesucristo.
Padre, que no encarcele hoy a Tu Hijo con mis propias leyes.
Que no le imponga cadenas que Tú jamás dispusiste.
Enséñame a recordar que él es libre, porque es como Tú lo creaste.
Amén.
