Si yo estoy encadenado, mi Padre no es libre.
1. Si acepto que estoy prisionero dentro de un cuerpo, en un mundo en el que todas las cosas que parecen vivir aparentemente mueren, entonces mi Padre está prisionero conmigo.
2Y esto es lo que creo cuando afirmo que debo acatar las leyes que el mundo obedece, y que las flaquezas y los pecados que percibo son reales e ineludibles.
3Si estoy encadenado de cualquier manera es porque no conozco a mi Padre ni a mi Ser.
4Y eso significa que he perdido todo sentido de la realidad.I
5Pues la verdad es libre, y lo que está encadenado no forma parte de ella.
2. Padre,
solo pido la verdad.
2He tenido muchos pensamientos absurdos acerca de mí mismo y de mi creación,
y he introducido en mi mente un sueño de miedo.
3Hoy no quiero soñar.
4Elijo emprender el camino hacia Ti en vez de la locura y el miedo.
5Pues la verdad está a salvo,
y solo el amor es seguro.
I Si yo soy real, ¿cómo puedo sentirme víctima? ¿Puede la realidad ser víctima de algo? ¿Soy realmente prisionero de las leyes del mundo, o eso no es más que otra de mis absurdas creencias?
Cuando me siento víctima, ¿quién me está victimizando en verdad? ¿Hay alguien o algo externo que afecte a mi realidad, o son mis propias interpretaciones las que atacan la imagen que me he fabricado de mí mismo? Lo que corre peligro nunca es mi ser real, sino la idea ilusoria que tengo de mí.
Es crucial distinguir entre lo que es real y lo que yo creo que es real. Son opuestos, no equivalentes. Mi realidad —y la Realidad con mayúsculas— es una, inmutable, ilimitada, eterna. La “persona” que me cuento en mis historias de miedo no tiene nada que ver con ello.
El conocimiento de lo real está fuera del tiempo, pues en el conocimiento el tiempo no existe. Aquí, dentro del sueño, solo puedo creer en ello. Y, sin embargo, esa es una de las pocas creencias que se alinean plenamente con la verdad: que soy espíritu, que soy el santo Hijo de Dios, libre y completo.
Por eso no debo temer. No debo consentir que la ilusión me robe la felicidad. Todo lo que parece encadenarme o amenazarme es falso. Proteger mi paz y mi entereza es tan simple como recordar que soy libre en Dios. Y cuando surjan el dolor, la angustia o la desesperanza, mi recurso seguro será siempre invocar a mi Padre y confiar en Él. En los momentos de máxima turbación, cuando ya no queda nada a lo que aferrarse, la respuesta es siempre la misma: confía, confía y confía.
La lección lo expresa con toda claridad: “Si yo estoy encadenado, mi Padre no es libre.” Lo que me encadena no es otra cosa que mi propia creencia en un yo personal sujeto al tiempo, al cuerpo, a la enfermedad y a la muerte. Y al creerme prisionero, imagino que Dios también queda aprisionado conmigo. Esa es la raíz de mi miedo.
Pero la verdad es libre. Si me siento cautivo, es porque he perdido el sentido de la realidad. He soñado pensamientos absurdos acerca de mí mismo y me he condenado a un mundo de miedo. Hoy quiero emprender otro camino: el camino hacia Dios, que es el camino de la verdad, del amor y de la seguridad que nada ni nadie puede amenazar.
Por eso Jesús nos invita a reconocer con humildad dónde estamos realmente: al comienzo del viaje. Todavía creemos en las leyes del mundo, todavía tenemos miedo de soltarlas, todavía desconfiamos de que pueda no haber nada tras esa puerta que llamamos “mundo”. Y sin embargo, cada paso en dirección al perdón es un paso hacia la libertad. La salvación no la conseguimos por nuestros medios, porque el yo personal nunca podrá salvarse. La salvación viene de recordar que ese yo nunca fue real.
Padre, enséñame a no sentirme víctima.
Recuérdame que Tu Hijo no puede estar encadenado, porque Tú eres la libertad misma.
Que en mis momentos de miedo acuda a Ti y confíe en Tu paz.
Amén.
