Hay una paz que Cristo nos concede.
1. Quien solo utiliza la visión de Cristo encuentra una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y absolutamente inalterable, que es incomparable a nada que puedas encontrar en este mundo.I
2Las comparaciones cesan ante esa paz.
3Y el mundo entero parte en silencio cuando esta paz lo envuelve y lo lleva dulcemente a la verdad, para no ser nunca más la morada del miedo.
4Pues el Amor ha llegado, y ha sanado el mundo al concederle la paz de Cristo.
2. Padre,
nos ha sido concedida la paz de Cristo,
porque Tu Voluntad es que nos salvemos.
2Ayúdanos hoy a aceptar Tu Don y a no juzgarlo.
3Pues se nos ha concedido para salvarnos de nuestros juicios acerca de nosotros mismos.
I La visión de Cristo es la manera natural en que tu Ser contempla la realidad del eterno presente. En verdad, Cristo no ve nada fuera de Sí Mismo, pues no hay nada más que pueda contemplar. Se deleita en la infinita paz de Su Propia Existencia y eso es lo que contempla, eso es lo que extiende.
Para ti, que todavía crees estar en el tiempo, usar los ojos de Cristo es acercarte de nuevo a la cordura. Es el resultado de perdonar a tu ego, porque es lo único que requiere tu perdón. ¿Qué otra cosa podrías perdonar, si todo lo que ves procede de él?
Perdónate entonces y olvida tus juicios. La paz de Cristo aguarda tras ese pequeño gesto que solo cuesta tu arrogancia. Ese es el único precio que se te pide para abrir las puertas de la felicidad. Recuerda siempre que no viniste a este mundo para juzgar a nadie ni a nada. Esa es una tarea que tu ego se ha impuesto a sí mismo, totalmente antinatural para ti, y por eso juzgar te duele. Tú fuiste creado en el Amor para la dicha, y tus juicios solo te ciegan y amargan la vida.
La paz de Cristo procede de la ausencia de juicios. Ese don inmenso ya te ha sido concedido, y solo espera a que dejes de hacerte daño con tus definiciones falsas.
La visión de Cristo se alcanza al dejar de usar las interpretaciones del ego para definir el mundo. La paz surge cuando dejas de lado las historias que el ego fabrica sobre las cosas y las ves simplemente como son. Los juicios que proyectas sobre lo externo son siempre una prolongación del juicio que antes has hecho sobre ti mismo. La condena que cargas en tu autoimagen se proyecta hacia fuera y colorea todo lo que percibes.
Por eso, el trabajo de perdón comienza en tu interior. Cuando renuncias a un juicio sobre ti mismo —aunque sea algo tan concreto como considerarte «presumida», «tímido», «torpe» o «inseguro»— descubres que puedes desapegarte de él en el instante presente. No se trata de cambiar el pasado ni de prometer nada al futuro, sino de soltar ahora mismo esa etiqueta y comprobar que eres libre de no llevar ese disfraz. Este sencillo gesto mental revela que cualquier definición que sostienes sobre ti mismo puede abandonarse, y al hacerlo, el mundo deja de verse a través de la proyección de tus condenas.
Ese es el camino hacia la visión de Cristo: dejar de juzgarte a ti mismo para dejar de juzgar al mundo. Entonces, la paz que siempre estuvo en ti se hace consciente y ocupa el lugar de todos tus miedos. La salvación no es otra cosa que liberarte de tus juicios sobre ti mismo.
Padre, que hoy deje a un lado todos mis juicios sobre mí mismo y descubra la paz de Cristo, que ya me pertenece.
